Mirándonos en el espejo de Iñigo de Loiola (I)

Acabamos de celebrar, un año más, la festividad de San Ignacio de Loiola. Con esa habilidad que tenemos los vasconavarros para intentar buscar explicaciones a nuestros conflictos mediante la designación de un chivo expiatorio, ciertos entornos se preocupan en recordarnos en este día la maldad congénita de Íñigo de Loiola y de su obra, la Compañía de Jesús.

Quede claro que esto del chivo expiatorio o, en este caso, explicatorio, no es un rasgo exclusivamente nuestro, sino de la humanidad en general. Otro día entraremos en este asunto, que tiene su interés.

Imagen de Iñigo de Loiola durante su trayectoria como hombre de armas (Irudia: http://www.la-palabra.com)

A Íñigo de Loiola, en esos entornos, se le llama traidor. ¿A quién traicionó Ignacio a lo largo de su vida?

Era el menor de una familia de trece hermanos. Su familia, los Oinatz-Loiola, eran cabeza del bando oñacino, dependientes a su vez del linaje Manrique de Lara, condes de Treviño y Duques de Nájera. Dada su condición, fue paje de Juana de Castilla, hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, entre 1502 y 1505. Más tarde, entre 1507 y 1517, ejerció como oficial de quitaciones, una especie de mensajero, a las órdenes del Contador Mayor de Castilla, Juan Velázquez de Cuellar, en circunstancias cuando menos extrañas, ya que éste personaje era absolutamente fiel a Fernando de Aragón, mientras que los Loiola eran deudos del duque de Nájera, abiertamente enfrentado al rey aragonés.

Sin embargo, es cierto que Juan Velázquez de Cuellar había tenido relaciones de amistad con Beltrán de Oinatz y Loiola, el padre de Íñigo. Por otra parte, la esposa del contador, María de Velasco, tenía lazos familiares con su madre, Marina de Likona, pues ambas estaban emparentadas con los Gebara, y esas circunstancias obran en su favor.

En esos años Íñigo de Loiola, como dejó escrito Luis Alonso de Polanco, que fuera su secretario, “estaba entregado al juego y a las mujeres, le gustaba querellarse y batirse, fue tentado y vencido por el demonio de la carne”. Él mismo, en su autobiografía, dictada entre 1553 y 1555 al padre Luis Gonçalves da Camara, que la escribe en tercera persona, dice: “Hasta los 26 años de su edad fue hombre dado a  las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra”.

Entre 1517 y 1521 Íñigo de Loiola fue un soldado absolutamente leal a su señor, el duque de Nájera. Efectivamente, durante esos años, Íñigo de Loiola es un gentilhombre a las órdenes de Antonio Manrique de Lara, quien en 1516 es nombrado virrey de la conquistada Navarra. Ésa es la razón por la que Íñigo se encontraba en el nuevo castillo de Pamplona, aún sin acabar de construir, el 20 de mayo de 1521, cuando una bombarda le destrozó la pierna derecha y le dejó malherida la otra.

Iñigo de Loiola, tras resultar herido durante el asedio a Pamplona (Iturria: blogs.larioja.com)

Si a alguien traicionó Íñigo en su vida fue a sí mismo durante sus años cortesanos, como él mismo reconoce y lamenta. ¿O fueron también traidores todos los guipuzcoanos, vizcaínos y alaveses de la época? Sospecho que estamos necesitados de una visión más racional de la historia.

Una vez herido en Pamplona, Íñigo permanece en la ciudad reconquistada por los navarros, en la que, vuelvo a remitirme a la autobiografía, los vencedores “trataron muy bien al herido, tratándolo cortés y amigablemente”. Añade luego, “después de haber estado 12 o 15 días en Pamplona, lo llevaron en una litera a su tierra”.

En efecto, fue el caballero navarro Esteban de Zuasti quien se ocupó de este traslado. Por cierto, en esos días este caballero había acogido en su casa, a escasos diez kilómetros de Pamplona, al hermano de Íñigo, Martín de Oinatz, señor de Oinatz y Loiola, quien andaba de emboscadas por la zona con una mesnada de sesenta hombres. El mismo Esteban de Zuasti dejó dicho: “el señor de Loyola [se refiere a Martín de Oinatz y Loiola] a una con cincuenta o sesenta hombres, de pie y de caballo llegó a mi casa con harto temor que tenía de ser maltratado con su gente, y yo por hacer servicio a V. M. [se refiere a Carlos I de España], recogiéndolos en mi casa y dándoles lo que habían menester, luego les acompañé hasta ponerlos a salvo”.

– Fernando S. Aranaz –

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2 pensamientos en “Mirándonos en el espejo de Iñigo de Loiola (I)

  1. jose maria Rekarte 12 agosto, 2015 en 10:03 am Reply

    Bueno como siempre lo tuyo. Gracias

  2. Hermano Templario 14 agosto, 2015 en 12:17 pm Reply

    Jose Mari, agur bero bat, ¿qué quieres decir? No comprendo tu comentario. Ondo izan, besarkada haundi bat, lagun.

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