Miranda de Ebro: baskona y nabarra (I)

Los musulmanes entraron en la península en el año 711 de la que expulsaron a los germánicos visigodos (escandinavos) que habían derruido junto a otras hordas bárbaras el Imperio Romano Occidental (476). En ese momento, el último aspirante a rey visigodo de nombre Rodil (castellanizado como Rodrigo), intentaba todavía “dominar a los baskones” y tomar Iruña-Pamplona, una vez más.

Argazkia: Web Municipal de Miranda de Ebro

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Reconstruir el jarrón roto

Reconstruir el jarrón roto ha sido desde siempre una prioridad para los nabarros que perciben -con gran escándalo- la división a la que nos ha sometido la conquista, colonización y expolio por parte de España y de Francia. Desde 1200, nuestro territorio se encuentra sometido a autoridades distintas. Hoy, en 2014, ninguna de las autoridades que rigen a Nabarra es puramente autóctona -dejando a un lado las servidumbres de las que (unos más y otros menos) somos víctimas. Como dijera una buena amiga, todos somos víctimas de la prostitución, así sea a un nivel sociológico: porque son otros los que nos gobiernan, más allá de que pretendamos disfrazar de autogobierno esa luctuosa realidad.

Sepulcros de Carlos III y Leonor de Trastámara, sitos en la Catedral de Iruñea. Junto a los pies de Leonor, los dos perros se disputan el hueso nabarro (Argazkia: Iruñeako Udala)

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De estatuas y referentes nacionales

Tod@s aquell@s que, haciendo frente al tópico infame de que “el nacionalismo se cura viajando”, gustamos de conocer los más dispares lugares del mundo, interesándonos por su historia, sus costumbres, su idiosincrasia…, sabemos que uno de los mejores modos de introducirse en el conocimiento de aquellos lugares que visitamos es interesarnos por los personajes y acontecimientos representados en sus estatuas públicas.

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La conquista de Navarra

Hace dos años tuvo lugar la conmemoración del quinto centenario de la invasión de lo que quedaba del Reino de Navarra, que condujo, tras una guerra que duró once años, a su anexión por parte de Castilla. Sin embargo, ésa no fue la única conquista que padeció el Reino a manos de sus belicosos vecinos, sino tan sólo el principio del, por ahora, último acto de esta historia. En efecto, la cosa venía de lejos. Tanto como que ya los reyes de la Hispania visigoda mantuvieron un constante acoso a las fronteras del Ducado de Vasconia, predecesor del Reino de Navarra, que sólo cesó tras la llegada de los musulmanes a la península ibérica en 711.

Portada de un conocido libro de Pello Guerra alusivo al expansionismo castellano

Esa política imperialista de los visigodos se trasladó al reino astur-leonés, donde se habían refugiado sus descendientes, de manera que, durante siglos, la parte occidental del territorio de Vasconia sufrió la presión de los astur-leoneses, tanto mientras esa zona era parte del Ducado de Vasconia, como cuando su parte continental fue conquistada, en el año 769, por el rey franco Carlomagno. A partir de entonces, las crónicas francas llamarán vascones a los dominados por ellos, constituyendo el Reino de Aquitania, que será entregado en 781 al hijo de Carlomagno, Ludovico Pío. A los vascones rebeldes al dominio franco, los del sur de la cordillera pirenaica, las crónicas les llamarán navarros.

Éstos vencerán a los francos de Carlomagno en Roncesvalles en el año 778 tras un infructuoso intento de conquista, y a los de su sucesor, Ludovico Pío, en 823, lo que llevará a la proclamación por los navarros de Eneko Garzeitz, conocido como Aritza, como Rey de Pamplona.

Desde aquellos remotos tiempos, aparecen los condes de Álava vinculados a la monarquía pamplonesa. Incluso existe una leyenda, citada por el padre José Moret, quien fuera cronista del Reino de Navarra en el siglo XVII, que relata como el rey Eneko Arista habría donado, en el año 839, a su alférez mayor, Eneko de Lane o de Lalanne, “un valle y monte por nombre Larrea, que dice está a la entrada de Álava, desde el río hasta la montaña alta de Guipúzcoa llamada Arbamendi y una torre que el rey había edificado”. El Reino de Pamplona alcanzará su apogeo bajo el reinado de Sancho III el Mayor. En aquel tiempo, quedarán unificados los territorios habitados por vascones, bien fuera por pertenecer al Reino de Pamplona o por vasallaje, como es el caso del ducado de Gascuña, gobernado por Guillermo II Sánchez, con quien estaba emparentado.

Existe la interesada ficción de que Sancho III, en su testamento, dividió el Reino entre sus hijos, lo cual es falso. Su hijo mayor, pero natural, Ramiro, recibió Aragón como régulo, siempre supeditado a su hermano García, primer hijo legítimo de Sancho, que fue quien recibió el Reino, estableciendo su corte en Nájera, mientras que su hijo Fernando fue conde de Castilla por herencia materna y, más tarde, rey de León, por su matrimonio con Sancha de León, con la ayuda de su hermano García, el rey de Pamplona. El cuarto hijo, Gonzalo, fue conde, también llamado régulo, de Sobrarbe y Ribagorza.

El príncipe Carlos de Viana (1421-1461) tomó como divisa la fraseUtrimque roditur, que significa Por todas partes me roen, lo cual podría ser un resumen de la historia de Navarra. En efecto, desde el siglo XI se da una continua pérdida territorial, que tiene dos constantes. En primer lugar, la avidez expansionista de sus vecinos, especialmente del Reino de Castilla, pero también del Condado de Barcelona y, más tarde de la Corona de Aragón. En segundo lugar, pero no menos importante, la pertinaz traición de los señores navarros, deseosos de disfrutar de los privilegios que a los castellanos daba el sistema feudal, emanado del derecho germánico, en contra del derecho pirenaico, propio del Estado navarro, que era de naturaleza electiva y no creaba jurisdicciones separadas de la del Estado. Fue esa doble presión la que llevó, en 1056, a la batalla de Atapuerca, donde murió el rey García III, y en 1076 al asesinato del rey Sancho IV, perpetrado por su hermano Ramón en el contexto de una conspiración urdida por los castellanos. Los navarros elegirán como su rey a su primo Sancho Ramírez de Aragón, pero Alfonso VI de León invadirá La Rioja. Los posteriores monarcas pirenaicos, recuperaron los territorios de la época de Sancho el Mayor, según consta en los Pactos de Támara, suscritos en 1127 entre Alfonso I el Batallador, rey de Pamplona y Aragón, y Alfonso VII de León.

Desgraciadamente, Alfonso murió sin descendencia en 1134, habiendo testado a favor de las órdenes militares, pero, una vez más los castellano-leoneses, esta vez en connivencia con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, tramaron una conjuración, mediante la cual colocaron en el trono al hermano de Alfonso, Ramiro, que era obispo de Roda, con la oposición de los señores pirenaicos, que fueron pasados por las armas. Quienes apoyaron la conjura, fueron recompensados con feudos en el recién conquistado Reino de Zaragoza, mientras los navarros elegían como rey a un descendiente de Sancho el Mayor, García Ramírez, y los castellanos volvían a conquistar los Montes de Oka, la Bureba y La Rioja.

El hijo de García Ramírez, Sancho VI el Sabio, promovió un arduo trabajo para organizar el Reino que, para entonces ya se denominaba oficialmente Reino de Navarra. Renovó las tenencias para la mejor administración del territorio, a cuya cabeza estaban tenentes, que eran funcionarios reales. Fundó villas, donde se concentraba la actividad económica del Reino, e intentó reconquistar los territorios arrebatados por los castellanos. Esto inquietó al rey de Castilla Alfonso VIII. Como solución acordaron someter sus disputas al arbitraje del rey de Inglaterra, Enrique II, que era suegro del rey castellano. Por otra parte, el heredero navarro, Sancho, era íntimo amigo del segundo hijo del rey inglés, Ricardo, llamado Corazón de León, quien era más aquitano que inglés, el cual se casaría años después, en 1190, con la hermana de Sancho llamada Berenguela. Así pues, todo quedaba en familia.

Navarros y castellanos enviaron sus embajadores a Londres. Allí ambos expusieron sus testimonios ante el rey inglés. Mientras los castellanos basaban sus argumentos en las conquistas de sus antepasados, los navarros fundaron los suyos en “la fidelidad probada de sus moradores naturales”. En 1176, el rey de Inglaterra emitió su laudo arbitral que establecía un tratado de límites que no satisfizo a ninguna de las partes.

La frontera occidental de Navarra se estableció como sigue, según suscribe el propio rey castellano: “Yo, Alfonso, rey de Castilla, os dejo a vos, Sancho, rey de Navarra, y a vuestros sucesores, perpetuamente, a saber, todo lo existente de Itziar a Durango, excepto el castillo de Malbezin, que pertenece al rey de Castilla, y además Zubarrutia (Zuia) y Badaia, según las aguas caen hacia Navarra, excepto Morellas que pertenece al rey de Castilla, y además de allí sin interrupción hasta Oka, y de Oka derecho, tal como divide el Zadorra hasta su desembocadura en el Ebro”.

A pesar de todo ello, los castellanos atacaron Navarra. La invasión, iniciada en junio de 1199, encontró resistencia sobre todo, tal como era de esperar, en las villas de Treviño, Laguardia, Lapuebla de Arganzón y Vitoria. Los vitorianos, dirigidos por su tenente Martin Ttipia, resistieron 9 meses, hasta que el propio rey, Sancho VII el Fuerte, ante la imposibilidad de auxiliarles, les obligó a capitular. A continuación cayó el resto del territorio, hasta la costa, excepto la Sonsierra, actual Rioja Alavesa, que permaneció en Navarra hasta 1462.

La constatación arqueológica de incendios en Getaria y San Sebastián atestigua la crudeza de la conquista. También Vitoria se incendió en 1202, aunque se ignora si fue por alguna revuelta de sus naturales. Lo cierto es que la antigua Gasteiz navarra, Nova Victoria, la posterior Villa Suso, quedó destruida, de tal manera que posteriormente se conoció como El Campillo. Hasta los tiempos actuales, han permanecido allí solares sin edificar.

Relación. Entre los territorios conquistados por Castilla y el resto de Navarra se estableció una frontera, que fue entregada a la rapiña de los señores alaveses y guipuzcoanos, que fue conocida como ‘frontera de malhechores’.

-Fernando Sánchez Aranaz-

Navarra con “B” = Nabarra

La asunción de nuevos planteamientos políticos ha de exigir, por fuerza, el uso de un nuevo lenguaje. Hoy en día, suele decirse que lo que no se comunica no existe. Yo añadiría que lo que no se comunica de modo acertado o certero termina generando una distorsión o, como diría un experto en la materia, ruido en la comunicación. Cuando hablamos de Nabarra (Navarra, Nafarroa) sucede otro tanto.

Mapa del Estado de Nabarra extraído del blog Nabarlur

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Eskerrik asko, Amerika-ko Diaspora!

Recientemente, hemos percibido que algunas de las personas que nos siguen lo hacen desde América, lo cual nos llena de emoción y agradecimiento. Sabemos que Nabarra no tiene fronteras. Y que las únicas fronteras que padecemos han venido desde el exterior. Siempre fuimos un pueblo abierto. Tal es así que el alma nabarra llega tan lejos como sus hijos han sido capaces de llegar.

Vaya desde aquí un recuerdo lleno de nostalgia y cariño a los nabarros que mantienen viva la llama desde países lejanos como Argentina o Canadá. Vascos en lo sociocultural, o incluso en lo étnico, que diría el nabarro-argentino Mikel Ezkerro, conferenciante habitual sobre lo vasco a lo largo y ancho de la Argentina; pero nabarros en lo político, pues Nabarra como sujeto político está en el origen de su vasquidad.

Esperamos, desde la humildad como desde la lejanía geográfica, poder recordar siempre que Nabarra no está completa sin su concurrencia; sin olvidar que ellos también hacen País desde el otro lado del mar. Tal es así que confiamos en abrir pronto una sección centrada precisamente en la Diaspora en este joven blog. Hala bedi. Eta eskerrik asko, Amerikako Diaspora, bihotz-bihotzez!

-Hermano Templario-

SOS Castillo de Korres

Lagun gaitzazu zure sinaduraren bitartez, erronka honi aurre ekiteko. Ayúdanos con tu firma. Causas como ésta valen la pena.

http://www.change.org/es/peticiones/imanol-agote-alberro-sos-castillo-de-korressolicitamos-que-se-hagan-los-tr%C3%A1mites-y-gestiones-necesarios-para-salvar-y-poner-en-valor-los-restos-del-castillo-de-portiella-de-korres

Eskerrik asko eta ondo izan. Muchísimas gracias.

 

Las fronteras de Vasconia (y II)

La frontera

Hasta ese momento el ducado de Vasconia y el reino godo de Hispania habían mantenido una oscilante frontera militar, cuya retaguardia, según nos revela la arqueología, se determina por la presencia de necrópolis de claro carácter guerrero, relacionadas con tipologías aquitanas, que marcan una línea entre Buzaga (Elorz), Pamplona, San Pelayo (Alegría-Dulantzi), Aldaieta (Langraitz Ganboa), en la Llanada Alavesa, y Finaga, en Basauri (Bizkaia). Más al sur se encuentra una zona de complicada orografía, en la que abundan los eremitorios troglodíticos, que podría corresponder a una tierra de nadie, habitada por vascones pero sometida a las incursiones tanto visigóticas, primero, como astures y musulmanas más tarde. Juan Plazaola se pregunta (RIEV 45/2/2000), “¿habrá que pensar que eran precisamente esos eremitorios los que marcaban el limes que quisieron mantener y garantizar los Vascones?”.

Justamente en Alegría-Dulantzi, en el transcurso de unas excavaciones desarrolladas entre noviembre de 2009 y mayo de 2010, dirigida por los arqueólogos Miguel Loza Uriarte y Javier Niso Lorenzo, se realizó el hallazgo de los restos de una gran edificación, datada entre los siglos VI y VII, con trazas de haber sufrido saqueos y arrasamientos posteriores. Este edificio sería contemporáneo de los yacimientos, citados, perdurando como tal hasta finales del siglo VIII, época en que la Llanada fue objeto de ataques por parte del emirato de Córdoba, y siendo usado como almacén hasta el siglo X. Este hallazgo, en opinión de los arqueólogos, deja constancia de cómo “una vez más ha quedado claro que los habitantes de los pueblos históricos alaveses son la herencia directa de sus antepasados premedievales”.

Orreaga

Carlos Martel, mayordomo de palacio del reino de Austrasia, acabó con la dinastía merovingia, ejerciendo  ilegítimamente como rey de los francos, legando el poder a sus hijos Carlomán y Pipino a su muerte en 741. Antes, en 732, el emir de Córdoba, Abd-el-Rahman pretendió la conquista de Vasconia‑Aquitania y del Reino Franco. Eudón se ve obligado a pedir ayuda a Carlos Martel y ambos ejércitos vencen a los musulmanes en las cercanías de Poitiers. A partir de ese momento, las relaciones de Vasconia con los francos fueron cada vez más difíciles, hasta que Carlomagno, hijo de Pipino, quien desde 747 era el único rey de los francos, rebasará el Garona en 769, venciendo al nuevo duque Hunaldo II. Carlomagno intentará también la conquista de la Vasconia surpirenaica, pero será vencido por los vascones en Orreaga en 778.

Los vascones se rebelaron contra los carolingios, una vez más, en 787, encabezados por el duque Adeleriko, pero fueron vencidos en 790. El nuevo rey franco, Ludovico Pío, intentará nuevamente conquistar la Vasconia transpirenaica, siendo derrotado otra vez por los vascones en Orreaga en 823. Esta victoria sería el detonante para la transformación de lo que quedaba del Ducado de Vasconia en Reino, bajo el gobierno de Eneko Arista.

Imagen de Carlogmagno, según un óleo del pintor germano Alberto Durero

La Crónica de Eginardo, titulada Vita Karoli Magni, escrita entre 829 y 836, nos describe los dominios de Carlomagno.  “Él mismo [Carlomagno] en memorable guerra sometió primero a Aquitania y a Vasconia y todos los montes Pirineos y hasta el río Ebro, que nace junto a [las tierras de] los navarros”. De lo que se deduce que los carolingios consideraban el área descrita como un todo, como un solo país que iba del Garona al Ebro y desde las fuentes de ese río, hasta las del otro en los montes Pirineos y, en segundo lugar, que los vascones rebeldes al poder carolingio, aglutinados en torno a la Iruña de Pamplona, se denominaban a sí mismos navarros.

La crónica de Alfonso III, redactada en la segunda mitad del siglo IX, pero que nos remite a los hechos del reinado de Alfonso I (739-757), nos informa de que “Álava, Bizkaia, Alaon (¿Ayala?) y Orduña, ocurre que están poseídas por los suyos, del mismo modo que Pamplona, Deio y la Berrueza”. Junto a esa constatación de la independencia y la unidad de los vascones, queda en evidencia la constante presión del reino astur sobre Vasconia a lo largo de todo el siglo VIII, continuadora de la de los visigodos.

En resumen, no es posible entender la historia de las sucesivas entidades estatales navarras, reino de Pamplona, reino de Pamplona y Aragón, reino de Navarra y Corona de Navarra, sin remitirnos a la realidad previa del Ducado de Vasconia, tal como se desarrolla su historia entre los siglos VI y principios del IX.

Así lo entendía Ricardo Corazón de León, duque de Aquitania y rey de Inglaterra, cuando en su testamento, fechado en 1191, legaba a su esposa Berenguela, hija de Sancho VI y hermana de Sancho VII, reyes de Navarra, todas sus posesiones “en Vasconia más allá del Garona”.

-Fernando Sánchez Aranaz-

Las fronteras de Vasconia (I)

La historiografía oficial ha querido hacernos creer que nuestra tierra, Álava, cuando se extinguió el imperio romano, se quedó deshabitada, para ser poblada luego por no sé sabe quiénes, gentes que constituirían una especie de república independiente que pactaría, unas veces con el Reino de León, otras con el de Navarra. Nada más lejos de la realidad. Ya lo decía en 1808 el académico de la historia Juan Antonio Llorente en su libro “Noticias de las Tres Provincias Vascongadas”, que es una recopilación comentada de documentación de los Reinos de Navarra y Castilla del siglo XII, a propósito del tratado de 15 de abril de 1179, entre Sancho VI de Navarra y Alfonso VIII de Castilla, “esta escritura cierra todas las puertas de la cavilación, y demuestra con evidencia, que entre los estados de Castilla y Navarra no había otros intermedios, y por consiguiente ninguna de las tres repúblicas imaginarias del país vascongado”.

Sólo en Álava, el trabajo de los arqueólogos nos va mostrando la continuidad entre la población tardorromana y la altomedieval. Así los hallazgos del basurero tardorromano de Heredia, publicados por Idoia Filloy, las excavaciones en los despoblados de Aistra y Zornostegi, realizadas por Juan Antonio Quirós y su equipo, los materiales encontrados en la colina de San Pelayo, en Alegría-Dulantzi, no suficientemente estudiados, la necrópolis de Aldaieta, en Langraitz Ganboa, ampliamente investigada por Agustín Azkarate, así como los recientes hallazgos de Miguel Loza y Javier Niso en San Martín de Dulantzi. Unido todo ello a los estudios acerca de la delimitación de un espacio de frontera militar entre Vasconia y la Hispania visigoda, llevados a cabo por Iñaki Martín Viso, Juan Plazaola y Aitzol Altuna, entre otros, se va estructurando el panorama de una realidad histórica hasta hace poco escamoteada, cuando no negada.

Vasconia prerromana y romana
Los vascones son un pueblo antiguo, cuyos integrantes que probablemente se llamaban a sí mismos eusko, fueron denominados uasci y ausci por los romanos, lo que originó las denominaciones gentilicias vascón y auskitano o aquitano, así como los nombres de las poblaciones de Auski, actual Auch, Euska/Oska (Hueska) o Viroueska (Briviesca), capital de los autrigones, entre otras. Es de resaltar que es en Aquitania donde se encuentran las manifestaciones escritas más antiguas de la lengua vasca o, por mejor decirlo, protovasca.

Actualmente se considera que los distintos pueblos de este área citados por los cronistas de la antigüedad, Sertorio, Crispo, Varrón, Plinio, Ptolomeo y Estrabón, pertenecían a un tronco común, con influencias más o menos grandes de sus vecinos celtas, experimentando bajo la administración de Roma un proceso aglutinador de cohesión.

La adaptación de estas informaciones de la antigüedad a circunstancias marcadas por el foralismo, provocó que no se considerasen relacionados con los vascones más que a aquellos pueblos que encajaban en el marco geográfico de Euskal Herria, los territorios donde entonces, siglos XVIII-XIX, se hablaba la lengua vasca. Éstos serían los Vascones propiamente dichos, , los Bárdulos, los Caristios y los Autrigones y los Berones. Sin embargo, al margen de que algunos de estos pueblos rebasaban el mapa de Euskal Herria, debe considerarse como pertenecientes al mismo grupo que los vascones, el pirenaico occidental, a otros pueblos, como los Iaketani, los Suessetani, los Arenosi o los Andosinos, así como los de la Novempopulania, es decir, los Tarbelii, con capital en Akize/Aquae Tarbellicae/Dax, en las Landas, el Bearn y lo que llamamos Iparralde, los Auscii, con capital en Elimberrum (Ilunberri)/Euska/Auch, en el actual departamento de Gers, los Bigerrii, con capital en Turba/Tarbes, en Bigorra, los Convenae, con capital en Lugdumum/Saint-Bertrand-de- Comminges, en la región de Comminges (Alto Garona), los Consorani, en torno a Saint-Lizier, en la comarca del Couserans (Arièja), los Lactorates, en torno a Lactura/Lectoure, que ocuparían las comarcas de Lomagne, al norte de Gers, y el Agénois, los Elusatii, con capital en Elusa/Eauze, en el Bajo Armagnac, los Vassei o Vocates, con capital en Cossium/Bazas, en el sudeste de la Gironde, y los Boii, con capital en Lamothe/Teich, en el País de Bug, en el suroeste de la Gironde. El emperador Diocleciano dividió a finales del siglo III la provincia de la Galia Aquitania en otras tres, Aquitania Primera, Aquitania Secunda y Novempopulania. Esta última se corresponde con la Gascogne, el actual nombre francés de la antigua Uasconia o Vasconia, Wasconia para los francos.

El ducado de Vasconia
Antes de acabar el siglo V, ya había desaparecido el imperio romano. El territorio europeo se dividía en múltiples estados, la mayoría originados por distintos pueblos germánicos, asentados sobre una base demográfica y administrativa romana. Hubo excepciones, la más notable la Vasconia homogeneizada con el catalizador político de la romanidad, que una vez desaparecida la realidad imperial se constituye como ducado en su territorio ancestral, tras la expulsión de Aquitania, el año 507, por los francos merovingios y los vascones, de los germanos visigodos, quienes establecieron un reino en Hispania.

La imagen cartográfica muestra la Novempopulania, bautizada por los francos merovingios como Wasconia (Mapa: nabarlur.blogspot.com)

Tras la expulsión de los visigodos, el río Garona se constituyó como la frontera entre el Ducado de Vasconia y el reino de los francos merovingios, sin embargo por el sur la situación era diferente, ya que el nuevo reino visigodo de Hispania pretendía reconstruir los límites de las provincias romanas. Se oponían a esta pretensión los vascones. En suma, no solo se enfrentaban dos pueblos, uno indígena y otro invasor, por el territorio y la soberanía, sino dos formas políticas contrapuestas, las representadas por el derecho pirenaico y el derecho germánico.

Los francos merovingios llamaron Wasconia al territorio de la antigua Novempopulania. Así figura en el mapa del Beato de Saint-Sever, copia del siglo XI de un original del siglo VIII. Las crónicas francas admiten que el territorio del Ducado de Vasconia comprendía no sólo la Novempopulania, sino también la Vasconia al sur de los Pirineos.

En el 660 se nos habla de la unión de Vasconia y Aquitania con el gobierno de un duque llamado Félix, al que sucedería en 670 otro llamado Otsoa, Lupo en las crónicas latinas. El gobierno del duque Otsoa debió ser prolongado, ya que hasta el año 710 no hay noticias de un nuevo duque, de nombre Eudón, al parecer su hijo. Las crónicas francas nos dicen que el duque vascón Eudón, nada más empezar su reinado, tuvo que defender la Vasconia transpirenaica del ataque del rey godo Roderico, lo cual coincide con las crónicas andalusís, donde se nos informa de que “cuando Roderico recibió noticia de la invasión [de los musulmanes], estaba en territorio de Pamplona luchando contra los vascones”. Era el año 711.

-Fernando Sánchez Aranaz-

2014ko Setioa

Azkenean, hona hemen Martin Ttipiak Youtube-n daukan profilaren lehengo bideoa. Gure Martin Ttipia kide Larramendi zor diogu. Eskerrik asko, adiskide! Bideo gehiago ikusteko gai izateko, sartu Youtube-n, eta tekleatu “Martin Ttipia” bilatzailean.