Lengua, pragmatismo y cosmovisión

Recientemente, una persona muy allegada me hablaba de la posibilidad de emigrar por motivos laborales. Descartada la inmigración más allá de la Península Ibérica – esta persona habla portugués y castellano -, me aseguraba que no entraba en sus planes marchar a Cataluña, ya que, según sus propias palabras, jamás aprendería una lengua por imposición.

Imagen reivindicativa de la lengua catalana (Iturria: elperiodico.com)

El talante de mi amiga no dista mucho del que mantiene un buen número de españoles que, orgullosos de su lengua común, se resisten como gato panza arriba a aprender la lengua oficial (cooficial) de algunas comunidades autónomas.

Esta actitud supone, a mi entender, un error en el planteamiento de partida.

En primer lugar, hay que comprender que los gobiernos de las comunidades autónomas se preocupen ciertamente por preservar su lengua autóctona. Con objeto de que el idioma se perpetúe, desarrollan sistemas educativos en los que el habla autóctona se convierta en lengua vehicular (he ahí los casos vascongado y catalán, y próximamente navarro, si así se programa y se cumple desde el ya próximo nuevo gobierno de la Comunidad Foral). Potenciar la lengua autóctona de manera evidente y relegar a un segundo plano – como mera asignatura – el castellano responde a la voluntad de implementar una discriminación positiva.

Imagen de un tazón conmemorativo del hallazgo de grafitos en euskara antiguo en el yacimiento de Iruña-Veleia, cerca de Gasteiz (Iturria: http://www.euskararenjatorria.net)

Es así como se obra en sociedades en las que se sufre una situación diglósica; es decir, grupos humanos en los que una lengua tienen una clara preeminencia sobre la lengua minorizada. Desconozco la situación, a ese nivel, del catalán en Cataluña; pero conozco, como ustedes, la minorización que la “lingua navarrorum” sufre desde hace décadas (¡y siglos!) en Navarra.

En segundo lugar, es preciso entender también que, más allá de la voluntad de cada gobierno autonómico, la actitud respecto a una lengua -por parte de los ciudadanos autóctonos y por parte de los que llegan a esa comunidad autónoma- debería estar marcada por el respeto. Hablo del respeto por el suelo que se pisa en cada momento, porque la lengua originaria de cada región, país o estado del mundo forma parte del acervo cultural de ese lugar. De ese modo, el idioma no sólo se constituye en herramienta de comunicación entre sus habitantes, sino que, además, vehicula una manera concreta de entender el mundo en esa parte del globo terráqueo. Por consiguiente, si la lengua se convierte en minorizada hasta su desaparición y su lugar es ocupado por una lengua distinta, se pierde una cosmovisión, una visión del mundo adaptada al lugar en el que esa lengua nació, se desarrolló y murió.

Ello es así porque las lenguas configuran el modo en que comprendemos nuestro entorno físico (los topónimos, la flora, la fauna, el tipo de relaciones que entablamos, las instituciones jurídico-politicas del lugar en el que estamos…). Pensar que Navarra o Cataluña seguirían siendo lo mismo sin sus respectivas lenguas equivale a desconocer la hondura de lo que supone un idioma como manera de configurar la visión que tenemos de la realidad en la que vivimos inmersos. Por otro lado, renunciar a conocer (esto es, a aprender y usar) la lengua de un lugar al que vamos a emigrar supone, de facto, el desprecio a la manera de entender el mundo que en ese lugar se tiene.

La persona de la que les hablaba al principio de mi exposición desea renunciar voluntariamente a empaparse de un acervo cultural porque prefiere optar por el pragmatismo. Habitual en nuestros días, ésta es una actitud directamente ligada al actual neoliberalismo, que prima, ante todo y sobre todo, lo inmediato, lo rentable, lo tangible… y lo global. A semejante talante vital le causa grima todo lo que huela a local, a autóctono, a diverso.

Como alguien dijo una vez, si la “lingua navarrorum” hubiera medrado en Alemania, hoy en día sería considerada un monumento vivo.

– Hermano Templario –

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