Navarros en la Guerra de la Independencia (yankee)

Reproduzco a continuación un excelente artículo obra de Carlos Rilova, publicado hace dos años en Diario Vasco. Una buena manera de recordar a ilustres navarros que contribuyeron a la gran causa de la emancipación de los yankees y de la posterior construcción de su estado nación, USA.

Tal día como hoy hace doscientos años, los ejércitos aliados hispano-anglo-portugueses habían conseguido, desde el 29 de junio de 1813, acorralar a la guarnición napoleónica en San Sebastián. Esa plaza fuerte que es esencial en esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas iniciada el 26 de mayo en Salamanca.

Según la documentada “Historia” del general Gómez de Arteche, el 29 de junio el general Mendizabal y las tropas del denominado Séptimo Ejército Nacional han logrado cortar el acueducto que suministra agua a la ciudad y han rechazado una salida de la guarnición francesa, obligándola a encerrarse tras los formidables baluartes que defienden esa gran piedra en el camino que lleva a la victoria final, a las puertas de París o de la ciudad francesa más próxima en la que se proclame la muerte o abdicación de Napoleón.

El día 10 de julio el general Mendizabal dejará el campo libre a las tropas angloportuguesas del general escocés Graham, que se encargarán de poner sitio a San Sebastián mediante el tren de Artillería que les sigue desde Vitoria por ese Camino Real, sembrado de cadáveres, combates y batallas que hoy llamamos “N-1”.

Esa es la situación que se vive en ese pedazo del mapa de la Europa de las guerras napoleónicas hace ahora exactamente 200 años, el 8 de julio de 1813.

¿Les parecería muy extraño si les dijera que los acontecimientos de ese día guardan alguna relación, histórica, con otras dos efemérides que han resonado mucho a lo largo de esta última semana?. Me refiero, concretamente, al 7 de julio con el que la capital del “viejo reyno” de Navarra inaugura -una vez más- sus fiestas mayores, y más internacionales, y al 4 de julio estadounidense.

Esa fecha, celebrada también una vez más por todo lo alto en los Estados Unidos -como seguramente no se les habrá pasado desapercibido-, como tantas otras “Fiestas Nacionales” estará un tanto desdibujada, para muchos, en sus términos históricos. Habrá que recordar entonces que se eligió porque fue un 4 de julio, de 1776, cuando los rebeldes a la autoridad del rey Jorge III de Gran Bretaña e Irlanda decidieron sublevarse abiertamente contra él y formar una nueva nación a causa de no soportar ya una serie de injustos abusos. Tal y como se recoge en el documento de Declaración de Independencia firmado por un ilustre elenco -el editor e inventor Benjamin Franklin, por ejemplo- perpetuado, en algunos casos, en los actuales billetes de curso legal en Estados Unidos.

Gracias a Hollywood y también a los novelistas que lo nutren, ha quedado fijado en nuestro imaginario colectivo que la guerra revolucionaria que sigue a ese acto de rebelión fue ganada con ayuda exterior… pero francesa, que, por lo que se ve, da mejor en cámara. Como lo demostraba, por ejemplo, Tchéky Karyo en “El Patriota” de Roland Emmerich que, seguramente, será la imagen que ahora mismo les pase por la cabeza.

Benjamin Martin, “El Patriota”, enarbolando la bandera de las barras y las estrellas, tras haberse llevado por delante un buen puñado de “casacas rojas” (Iturria: callnatal.com.br)

Como no podía ser menos en producciones “para toda la familia” como esa, la ayuda española, si era mencionada, quedaba reducida al folklórico argumento de facilitar a los guerrilleros protagonistas de esa cinta  una antigua misión en ruinas donde se escondían de la incansable persecución de los casacas rojas británicos.

Justo la clase de idea grabada a fuego en el público americano medio, que asocia inmediatamente a España con -además de toros y sol- procesiones y cosas así con muchas velas y religiosidad barroca.

Sin embargo, la realidad histórica, una vez más, no puede distar más de tan burdos tópicos y es en ella donde vamos a ver los vínculos históricos que pueden existir entre fechas como el 4 de julio y el 7 de julio, o guerras de independencia  separadas en el tiempo y el espacio, como la estadounidense y la española.

En efecto, lo primero que buscaron los rebeldes yankees de 1776 fue la ayuda del más poderoso enemigo de Gran Bretaña que les quedaba a mano. Esto es, no precisamente Francia, sino las guarniciones españolas estacionadas a lo largo del bajo curso del río Mississippi, presentes allí para defender los intereses imperiales españoles en los actuales estados de Luisiana, Nuevo México, Arizona, Téjas, California, Oregón, etc…

A los reyes absolutistas, por más que fueran ya tan sólo déspotas ilustrados, la actitud del señor Franklin y sus amigos y seguidores, no les resultaba particularmente agradable. Era difícil ignorar que lo que le estaba pasando al rey Jorge podía pasarles igualmente a ellos. En especial a Carlos III, rey de España y de unas vastas “Indias” que podían tomar nota de la actitud de aquellos colonos rebeldes y sus contagiosas ideas de Libertad o Muerte.

Sin embargo la posibilidad de debilitar a su gran rival, Gran Bretaña, pesó más entre los ministros de Francia y España que toda otra consideración.

Así fue como se decidió ayudar, primero bajo cuerda y después descarada y abiertamente, con declaración de guerra formal por medio desde 1779, a los rebeldes yankees.

Eso se concretó en considerables operaciones de suministro financiero y de armamento como la descrita por María Jesús y Begoña Cava Mesa, protagonizada por la casa de comercio bilbaína Gardoqui, encargada de nutrir al Ejército continental de línea yankee de mosquetes, tiendas de campaña, medicinas, balas, pólvora y más de doscientas piezas de Artillería. Unos suministros que permiten al general Washington obtener la victoria de Saratoga, la misma que decide a Francia a entrar en liza a su lado y cambiar así el signo de esa guerra. Sin embargo, como vamos a ver, en esa labor colaboraron activamente muchos otros leales súbditos, de toda latitud y color de piel, de su católica majestad. Entre ellos varios cientos de navarros.

Su contribución fue de un porte mucho más épico que otras más fundamentales, como la prestada a través de Gardoqui e hijos. De hecho, sus hazañas en favor de la causa yankee fueron aptas incluso para que Antonio Banderas y el “lobby” hispano de Hollywood se planteasen dar una réplica adecuada -y seguramente, por aquello de la novedad, de éxito comercial- a producciones como la de Roland Emmerich y su mezquino recuerdo de lo que, en realidad, pasó en aquella Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En efecto, la parte que juegan los navarros en aquella guerra fue una apabullante realidad que quedó plasmada en un libro, no menos apabullante, de la historiadora Carmen de Reparaz: “Yo solo: Bernardo de Galvez y la toma de Panzacola en 1781”.

En ese magnífico libro de Historia, verdaderamente ejemplar, la profesora De Reparaz nos explica, con todos los detalles posibles, las sucesivas expediciones del gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, contra Florida y el actual Sur de Estados Unidos, para acorralar entre dos fuegos -el combinado francoestadounidense desde el Norte y el español desde el Sur- a los cada vez más aislados casacas rojas británicos.

La fuerza que se pone en pie por tierra y mar es verdaderamente formidable y en ella jugaron, en efecto, un papel notable muchos navarros implicados en batallas de esas que se suelen describir como “de película”.

Así es, soldados de línea o granaderos -la sección de élite- del regimiento Navarra tomarán parte en las expediciones de Gálvez contra Pensacola y otros puntos de los actuales Estados Unidos y se batirán frente a frente con los casacas rojas del flamante general Cornwallis. El mismo que se pasa toda la película de Roland Emmerich quejándose de tener que combatir contra campesinos armados con bieldos y fantasmas de los pantanos.

Cosas ambas que, como podrán apreciar por alguna de las ilustraciones de este artículo, distaban mucho de ser aquellos soldados navarros, que se distinguen apenas en el color de sus uniformes de las tropas que manda el propio Cornwallis con los malos resultados ya conocidos. Unas tropas, por otra parte, a las que sería muy justo reconocer, hoy, segundo día de las fiestas de San Fermín, aquel curioso, y notable, papel en esa Guerra de Independencia de los Estados Unidos que siempre parecemos considerar como una epopeya ajena a nosotros.

Algo bastante difícil de creer si seguimos pasando las páginas de “Yo solo” y leemos allí sobre, por ejemplo, los marinos de guerra de origen vasco que también toman parte en esas expediciones. Caso del capitán de navío José Calvo de Irazabal, al mando del San Ramón, navío de guerra de 64 cañones, Gabriel de Aristizabal, al mando de la fragata Nuestra Señora de la O, que porta 42 cañones, Manuel Bilbao, al mando del bergantín Santa Teresa, que sólo porta 14 cañones, o Miguel Goicoechea, que manda la fragata El cayman.

Una lista junto a la que, de manera bastante lógica, aparece otra nutrida por muchos catalanes puestos al mando de las llamadas “fuerzas sutiles”. Es decir, embarcaciones de poco calado y muy rápidas usadas como transportes y correos en grandes flotas como la que sitia Pensacola. En ella se incluyen los capitanes de saetias Jaime Fornell, Cristobal Rosell, Jaime Tremoll, Rafael Ferret, Josef Antonio Gatell, Félix Grau, José Soler, José Blanch o los de bergantines como Mariano Fontrodona o Juan Vilaró, al mando, respectivamente, del Santa Eulalia y el San Juan Bauptista.

Todos ellos, y muchos otros más, como los soldados del regimiento Navarra, contribuyeron a dar pábulo a aquella guerra que no era más que el consabido reguero de pólvora que estallaría después en Francia y de ahí se transmitiría al resto de Europa y del Mundo para horror, incluso, de los antiguos revolucionarios yankees. Los mismos que ven ir las cosas demasiado lejos en 1789 y acaban, de rechazo, involucrados en esas guerras napoleónicas con una Gran Bretaña que, en 1812, aprovecha para invadir sus antiguas colonias desde la única leal -Canadá- en respuesta a la expedición de los yankees sobre Montreal. Esa con la que habían tratado, por enésima vez, de atraer a su redil revolucionario a los recalcitrantes canadienses, aprovechando -según creían- que Londres está demasiado ocupado con “Boney” en Europa. Especialmente librando la que luego se conocerá como Guerra de Independencia de España…

La invasión y la guerra contra los canadienses entre 1812 y 1815 provocará -además de la lógica petición de asilo de un avisado José Bonaparte- el épico incendio del capitolio estadounidense en 1814 mientras se libra la batalla de Baltimore, que inspirará ese himno -tan oído este jueves pasado- sobre la bandera de barras y estrellas que ondea en medio del fuego enemigo apocalípticamente iluminado por cohetes trazadores de color rojo.

Una última consecuencia de lo que habían conseguido apenas treinta años atrás muchos navarros batiéndose en una guerra digna de la gran pantalla.

Los cientos de yankees que hoy mismo rebosan en las atestadas calles de Pamplona para celebrar el 7 de julio, deberían traer con ellos el recuerdo de los cientos de navarros que arriesgaron sus vidas en el Sur de los actuales Estados Unidos en 1779, 1780, 1781…

Los navarros harían bien, por su parte, en recordar en estas mismas fechas que Mina el mozo y sus ideas de guerra y revolución contra el tirano Napoleón en 1808 bien pudieron ser importadas por veteranos del regimiento Navarra participantes en las campañas de 1779, 1780, 1781… llevadas a cabo para defender a aquellos colonos que se lanzaban a la batalla contra los casacas rojas británicos al grito de “Libertad o Muerte”.

Sobre todo porque esos veteranos bien pudieron hacer la misma labor que hizo en Francia ese marqués de Lafayette recordado hoy por una placa apenas visible en un muelle de lo que en 1779 se llamaba “puerto de los Pasajes” y hoy se conoce como Pasai Donibane. La misma donde se conmemora su viaje a América para hacer lo mismo que hicieron esos soldados del regimiento Navarra. Algo que merecería la pena investigar, recordar…Y más en este año de bicentenario de unas guerras, las napoleónicas, estrechamente ligadas a lo que empezó, y aún no ha terminado, en un lejano 4 de julio de 1776.

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