Martin Ttipiak omenaldi bat merezi du

Orain dela urte batzuk (2008 partean), gure laguna den Joseba Mikel Agirre Oar-ek burutazio bat izan zuen, Martin Ttipia laguna abiapuntu gisa harturik. 6 urte baino gehiago pasa ondoren, haren artikuluak gaurkotasun osoa mantentzen du. Horra hor Joseba Mikel-en hitzak, Diario Noticias de Alavan 2008. urtean argitaratuak izan zirelarik.

Joseba Mikel Agirre Oar idazlea

Joseba Mikel Agirre Oar idazlea (Argazkia: Iker Estibalez)

Martín Txipia, heroico defensor de Vitoria frente a la anexión de Castilla

Hace tiempo me venia rondando la idea en la cabeza, pero la invitación, en forma de “pregunta a los lectores” y la carta irónica de Javier Vegas, sobre lo ”cosmopolitas que somos”, dedicando una estatua al Sr. Ken Follet, me anima a proponer una estatua, o, al menos un monolito, en un lugar bien destacado de zona alta, en el Campillo, donde se desarrollo su heroica intervención, a la figura de Martín Txipia , desconocida por los gasteiztarras.

Desconocida por cómo nos han contado la historia aquellos que acusan a los textos del sistema de educación vasco actual de manipular la historia. Ellos nos ocultaron a héroes como Txipia y otros, pero nos metieron a fuego en el cerebro las gestas de Guzmán El Bueno o edl General Moscardó.

En el 1199, el Rey de Castilla, aliándose con el de Aragón, decidióatacar a lo que era el Reino de Navarra y repartírselo. No hay que olvidar que ambos Reinos, juntos, formando ya la España Imperial, consumaron este expolio en el 1521, tras la batalla de Noain. Hay que señalar que la Castilla y el Aragón originales eran unos simples Condados del reino de Navarra, que se independizaron, unilateralmente, cuando el Rey Sancho El Grande, los cedió a sus hijos Alfonso (régulo de Castilla) y Ramiro, como régulo de Aragón, al repartir su reino al morir en el 1033.

Anteriormente ya le habían dado un buen mordisco al Reino Vasco, arrebatándole gran parte de la Rioja, así como la Bureba, tierras tan euskaldunes entonces, y así lo prueba su abundante toponimia, como lo podían ser Arratia, Baztan o el Goiherri.

La Alava Nuclear, la que administraba la Cofradía de Arriaga (y en la que no estaban representados los territorios de Ayala, ni Aramaio, ni los valles orientales al Oeste del Bayas, ni Rioja Alavesa), estaba adscrita desde siempre, por razones de etnia e idioma -idioma que los aglutinaba y les daba una identidad específica, frente a los visigodos, celtas y francos- con el Reino de Pamplona, creado en el año 800, en torno a el clan de un líder guerrero, los Arizta. Un liderazgo que surgió tras la victoria vascona en Orreaga, sobre Carlomagno, y en la que intervinieron vascos de todos los territorios, incluidos los caristios, várdulos y autrigones que habitaban el actual territorio de Alava.

Siendo, pues, la Llanada Alavesa territorio adscrito, como uña y carne, al Reino de Pamplona (hasta el 1162 no se denominó “de Navarra”), el rey Sancho VI El Sabio, precisamente, por la potestad que le otorgaba la soberanía que tenía sobre dicho territorio, decide reforzar la aldea de Gasteiz (así aparece escrito en La Reja de San Millán), situada en la colina de lo que hoy llamamos El Campillo o Villa Suso, fortificarla, repoblarla y refundarla con el nombre de Nova Victoria y fueros propios, distintos a los de la Cofradía (1181). Su intención era, precisamente, defenderse de las intervenciones anexionistas de Castilla sobre sus territorios vascos, territorios que siempre habían formado parte de dicho Reino. En este sentido había, también, creado las villas fuertes de Treviño (1161) y Arganzón (1191), así como otras en Bizkaia y Gipuzkoa (Donostia y Hondarribia).

En el año 1199, de forma alevosa, el Rey Alfonso VII de Castilla, aliándose con el de Aragón, aprovechan de forma traidora y rastrera la ausencia del rey de Pamplona, Sancho VII El Fuerte, quien había acudido a Marruecos para ayudar al rey Aben Jacub en un conflicto que tenía con otro monarca norteafricano. La situación de desamparo y vacío de poder en que quedó el País fue aprovechada por ambos monarcas extraños para atacar, Aragón por el Este (Roncal y zona de Aibar), y Castilla por el sudoeste, presentándose ante Vitoria con la intención de tomarla sin mas razón que la fuerza de las armas. Le ayudaban en esta felonía los nobles alaveses del bando traidor de Oña (a la manera que hizo Pierres de Peralta, más tarde, en la propia Navarra nuclear y sus beaumonteses en el siglo XVI). La ciudad resistió heroicamente, de forma numantina, el cerco, durante medio año. El precio de vidas cobradas por la lucha, enfermedades, hambre (habían agotado todas las fuentes de aprovisionamiento, llegando, en casos, al canibalismo) hizo que el mismo Obispo de Pamplona Don García acudiese con uno de los más destacados de los defensores de la plaza, hasta Marruecos, e informar al rey Sancho y pedirle su licencia para rendir la misma vista la situación en que se encontraba su población. Solo así, un día del mes de Enero, los cronistas no dicen cual, del 1200 (hace ahora 808 años) se rindió la ciudad. Su defensor era el Tenente (sin “i”, detentador del poder militar de una plaza fuerte del reino) de la misma: MARTÍN TXIPIA (o CHIPIA).

A la caída de Vitoria, siguió, como en un domino, la de Gipuzkoa y el Duranguesado. El resto de Bizkaia ya se había vendido a Castilla de la mano del traidor López de Haro, que precisamente fue quien sustituyó, como tenente, por la parte castellana, en Vitoria, a Martín Chipia.

Esta es la historia de la anexión por conquista cruel, sangrienta, por las armas, y de forma alevosa de Gasteiz, su integración de forma violenta en la órbita castellana, con todo lo que eso supuso de perdida de identidad. Y muy a pesar de que se le mantuvieron, a modo de consolación, unos “fueros”, su desnacionalización, la enajenación de su cultura e idioma original, relegado a la vida rural, impulsando, a través de la nueva administración, la cultura, idioma y valores del ocupante. Las clases poderosas -no todos- se unieron al ocupante que los premió con puestos en la administración, la misma Corte y títulos nobiliarios.

Lo mismo ocurrió con Bizkaia y Gipuzkoa. No hay que ser muy agudo para comprender las consecuencias que trajeron a la supervivencia a largo plazo de un Estado Vasco, sus consecuencias aún se manifiestan en el tema recurrente de la territorialidad. Y hablando de territorialidad. La única plaza que no pudo ser rendida fue Treviño, que siguió en manos vascas, hasta que fue intercambiada por las plazas de Inzura, en Amezkoa y Miranda de Arga. De ahí su paso a Castilla.

Creo que con mas merecimiento que otros, Martín Txipia merece ser recordado por un monumento en lo alto del Campillo, en el lugar donde estuvo siempre el poblado de Gasteiz.

-Joseba Mikel Agirre Oar, miembro de Euskaria Fundazioa –

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