Dime cómo te llamas, y te diré quién eres (y IV)

  1. y….¿”nosotros”?

4.1- Introducción

Después de divagar por el ancho mundo, llega el momento más comprometido: ¿a quién vemos reflejado cuando “nos” miramos en el espejo? ¿Cómo “nos” llamamos y por qué?

Al decir “nosotros” me refiero, obviamente, al pueblo que, hasta donde sabemos, ha vivido a lo largo de los últimos siglos, con sus avances y retrocesos, dentro de un amplio espacio comprendido entre la mitad occidental del Pirineo, las costas del golfo que llaman “de Bizkaia o  Gascuña”, el río Garona  y el alto valle del rio Ebro.

Sí, estimado/a lector/a; ya sé que, al leer estas líneas, te ha venido a la cabeza una Denominación en concreto, aquella con la cual tú te identificas… Y es que la primera evidencia es que los términos que solemos utilizar, más que para describir una realidad, sirven, en general, para calificar a quien los usa: el valor principal de dichos términos no es su significado -muy ambiguo en algunos casos, como veremos-, sino indicar la adscripción del hablante a una determinada tribu ideológica. Empezamos, pues, constatando que la imagen que vemos en el espejo no es una, sino varias, reflejo de una conciencia fragmentada.

Por lo general, existe la tendencia a dar mucha importancia a dicha Denominación (cada uno la suya) por oposición a las demás, entendiendo que conlleva per se un significado concreto, objetivo y muy definido.

Es una forma de verlo, pero cabe proponer una reflexión: ¿dichos términos han significado siempre lo mismo en el tiempo? Si han variado su significado, ¿en qué sentido lo han hecho? ¿Y por qué? Por concretar, y por relacionarlo con los apartados anteriores, ¿lo han hecho en el sentido de mantener la autoimagen y, por lo tanto, la autoconfianza de nuestro pueblo; o, más bien, en el sentido de ir interiorizando la cultura política franco-española?

Tras un par de reflexiones previas, analizaremos algunos conceptos de uso habitual, proponiendo a quienes tengan la paciencia de leer estas líneas que reflexionen, siguiendo un esquema similar, sobre muchos otros conceptos que, de manera cotidiana, desfilan ante nuestros ojos sin tiempo para pararnos a pensar si son neutros o, en realidad, “tienen trampa”. Vaya por delante que dichas reflexiones pueden y deben ser discutidas: lo que no sería perdonable es encerrarse en el dogmatismo.

 

4.2- Las Denominaciones: características

1) Una Denominación, como cualquier otro sustantivo, tiene en realidad tres partes:

– la literalidad de la palabra: su sonido,

– un significado objetivo o denotación: aquello que describe o a lo que se refiere,

– una connotación: una categoría emocional, no significativa, que añade un sentido subjetivo al término. P.ej. Francés y gabacho significan lo mismo, pero el segundo término tiene una connotación despectiva que el primero no tiene.

En los ejemplos incluidos en las 3 partes anteriores de este escrito nos hemos centrado, por simplificar, en la sustitución (o no) de la literalidad de las Denominaciones utilizadas por los diferentes Estados y naciones. Sin embargo, no es necesario que se produzca la sustitución de la literalidad de la Denominación para que se produzca la sustitución identitaria: basta con que se modifiquen la connotación y la denotación (por lo general, en este orden) para que ésta se produzca. De hecho, este procedimiento hace más creíble la trampa, y es por ello que ha sido el más usado, y con mucha eficacia, en el caso vasco/navarro.

(Iturria: Wikipedia): El truco del Cuco: el astuto cuco pone su huevo en el nido del pájaro más pequeño, y éste lo cría como si fuera propio... (Iturria: Wikipedia)

El truco del Cuco: el astuto cuco pone su huevo en el nido del pájaro más pequeño, y éste lo cría como si fuera propio…
(Iturria: Wikipedia)

Usando un símil, es como si se toma un libro, se mantienen sus cubiertas, pero se cambia su contenido, las hojas que contiene. Quien se acerque al libro de manera superficial o dogmática, fijándose en las cubiertas, acabará asimilando unos contenidos completamente diferentes a los originales, mientras piensa que sigue estudiando el libro original. Son muchas las “Biblias” cuyo significado actual nada tiene que ver con el original, aunque mantengan la misma apariencia….

2) El significado (denotación + connotación) de los sustantivos (y, por lo tanto, de las Denominaciones) no es un elemento determinístico, sino que es totalmente concertado. Es decir, no se rige por leyes de necesidad, sino, única y exclusivamente, por el común acuerdo (a veces espontáneo, otras veces impuesto) de los hablantes. Por lo tanto, una Denominación puede significar aquello que queramos los hablantes, y, además, dicho significado puede (y suele) cambiar con el tiempo. Pero, ¿de qué depende dicha evolución en el tiempo?

4.3- Denominaciones e idioma

El factor idiomático no es, en absoluto, indiferente en esta cuestión. Y es que cada idioma no es sólo una forma diferente de decir las mismas cosas, sino que, además, cada idioma dice diferentes cosas. Cada idioma lleva consigo una forma de ver la realidad, el mundo y las relaciones sociales, que es consecuencia de la experiencia histórica de la comunidad de hablantes.

Cuando varios idiomas conviven, necesariamente se establece entre ellos una correlación de fuerzas, una cierta “jerarquización”, en función de la forma en que se ha establecido el contacto. Dicha correlación de fuerzas puede ser equilibrada (recordemos el ejemplo de Suiza), pero lo cierto es que es muy habitual que dicho contacto sea provocado por algún tipo de acto de fuerza, con lo cual la correlación de fuerzas será desequilibrada, habrá alguna lengua que resultará hegemónica.

Cuando el acto de fuerza es brutal (por ejemplo, el exterminio de una población, o la repoblación masiva de un territorio con población extranjera), apenas habrá periodo de transición en el proceso de sustitución lingüística. Pero cuando no se produce una sustitución inmediata, sino una aculturización de la población nativa, el periodo de transición se alarga, pasando de una situación en que la lengua nativa y su concepción identitaria -incluso aunque pueda haber acciones explícitas de imposición de la nueva lengua- siguen siendo aún el modelo dominante en la mentalidad de la gente, a una nueva situación en que la lengua nueva y su forma de entender la sociedad constituyen el esquema dominante, incluso entre buena parte de quienes aún mantienen viva la lengua nativa. En el concepto de hegemonía, por lo tanto, está la clave. Hegemonía que, dicho sea de paso, poco tiene que ver con ganar unas elecciones, como últimamente, por desgracia, se suele oír, en una penosa banalización del término….

En nuestro caso, un elemento fundamental a tener en cuenta es que, remitiéndonos a la distinción entre criterios objetivos y subjetivos para definir la identidad que comentábamos en la parte III (3.4), en euskera priman los criterios subjetivos,  mientras que en español y francés priman claramente los criterios objetivos. Veámoslo.

Ya vimos en la parte III que español es quien ha nacido en territorio del Estado español, o bien recibe la ciudadanía por parte del Estado español; un criterio similar se aplica para el apelativo “francés”. El territorio y el Estado califican al individuo: de arriba hacia abajo. Por cierto, al contrario de lo que se suele exigir (o dar por bueno) para los vascos, la mera residencia y trabajo en territorio español no supone ser español, de lo contrario no existirían los sin papeles: la Ley del Embudo.

El apelativo más arraigado y tradicional en euskera es euskaldun, que significa, simplemente, “hablante de euskera”. No obstante, como hemos comentado hace algunos párrafos, conviene tener en cuenta que la lengua lleva aparejados otra serie de rasgos (costumbres, tradición jurídica, creencias…) que configuran una colectividad, una comunidad política -eso sí, no necesariamente institucional-, más allá de la mera comunidad lingüística.

En todo caso, lo que aquí califica al individuo es un rasgo personal, una característica que lo diferencia. No habiendo un color de piel o una religión que marque diferencias, es la lengua la que se manifiesta, por sentido práctico, como elemento distintivo. Así lo han reflejado numerosos viajeros y escritores a lo largo de los siglos: Julio Cesar -referido a Aquitania-, Aymeric Picaud -si es que existió en realidad-, Arnold von Harff, Landuccio, Navaggiero, Rabelais, Madamme d´Aulnoy…

El conjunto de esos euskaldunes constituye Euskal Herria (analizaremos luego cómo ese no es, de hecho, el significado que hoy se le da de manera mayoritaria, y por qué). Es claro, pues, que en la mentalidad euskaldun son los individuos los que configuran la colectividad, de abajo hacia arriba.

Esta lógica está presente, también, si observamos los orígenes del Reino de Pamplona, principal organización institucional nacida de euskal herria, del pueblo vasco. Se suele asociar su creación a las batallas de Orreaga (778 y 824 d.C.), pero las crónicas francas (Anales de Eginhardo) mencionan ya a los navarros o nauarri en el año 806. Es decir, que los navarros (vascones, euskaldunak,  en definitiva) ya existían antes del Reino de Pamplona (Navarra desde el siglo XII) y lo calificaron, no al revés. Esa misma lógica apareció, a su vez, cada vez que, por parte de algunos monarcas, se produjeron actuaciones abusivas (por ejemplo, los Infanzones de Obanos o la Junta de Miluce), y es la columna vertebral de la foralidad, de la que luego hablaremos.

¿Euskal Herriko Diruzaintza = Tesorería del País Vasco? (Iturria: Iñigo Larramendi)

¿Euskal Herriko Diruzaintza = Tesorería del País Vasco?
(Iturria: Iñigo Larramendi)

¿Y cómo se dice euskaldun en castellano? El término que más se utiliza es vasco, pero… ¿ambos términos significan lo mismo? No, desde luego, en el uso más habitual que se da a este último término. Ciertamente tiene, según la R.A.E., el significado de “hablante de euskera”…pero sólo en el tercer lugar entre los significados propuestos. El uso predominante, hoy en día, del término vasco, pues, tiene una fundamentación claramente geográfico-administrativa, de arriba hacia abajo; y, en particular en las últimas décadas, se viene asociando de manera creciente -y nada inocente- a habitante de la C.A.V.  Lo mismo se puede decir del término navarro, que ha seguido una evolución paralela.

¿Y cómo se denomina, por cierto, en euskera al habitante de la C.A.V.? Pues no existe ningún  término, lo cual es ciertamente ilustrativo. Esto, que seguramente es una obviedad para nuestros lectores euskaldunes, puede resultar, tal vez, llamativo o novedoso para nuestros lectores exclusivamente castellano-parlantes. Éste es el motivo por el cual este escrito está hecho en castellano, y no en euskera.

Y es que ésta es una de nuestras tragedias: en un reducido ámbito geográfico, puerta con puerta, compartiendo empleo y ocio, día y noche, conviven dos concepciones, dos formas de ver el mundo. Una de ellas, la minorizada, es capaz de ver ambas concepciones; pero la otra, sencillamente, ni ve a la concepción minorizada. Extranjeros, invisibles en nuestra propia tierra. Siendo realistas, tal vez  deberíamos hablar de Erdal Herria, más que de Euskal Herria….

¿Nos reímos de nosotros mismos, o hemos asumido que nuestra caricatura es nuestra identidad? (Iturria: www.blogdecine.com)

¿Nos reímos de nosotros mismos, o hemos asumido que nuestra caricatura es nuestra identidad?
(Iturria: http://www.blogdecine.com)

En conclusión: si, en pleno siglo XVII, incluso Cervantes hablaba sobre un caballero Vizcaíno -aunque fuera para ridiculizarlo-, no haciendo referencia al ente administrativo del Señorío sino a su condición de euskaldun (y lo que esto llevaba adherido), hoy en día términos como vasco (basque) o navarro se definen mayoritariamente en base a una referencia geográfico-administrativa española o francesa.

Incluso en euskera se utilizan, cada vez más, otros términos de nuevo cuño (euskal herritarra, euskotarra…) que son meras traducciones del concepto español, donde el territorio califica al individuo; como caso extremo, en medios del grupo Vocento (cómo no…) he visto usar euskaldun con el significado de habitante de la C.A.V. Esto prueba lo avanzado que está, en nuestro caso, el proceso de sustitución hegemónica de que hablábamos al comienzo del apartado.

4.3- Análisis de algunas Denominaciones

Una vez hechas estas divagaciones, vamos a analizar, a modo de simple ejemplo, 3 Denominaciones que se utilizan con frecuencia a la hora de definirnos: ¿qué significan en la actualidad para la mayoría de la gente?; ¿qué significado han tenido en el pasado?; ¿por qué se ha producido ese cambio?; ¿qué consecuencias tiene esto?

No pretendo, desde luego, convencer ni disuadir a nadie de la idoneidad de ningún término, ni plantear tesis absolutas, sino, más bien, suscitar preguntas. Al criterio de cada cual queda sacar sus propias conclusiones.

1) Navarra, Nabarra, Nafarroa

Al ser éste el término que hace más tiempo empezó a mutar su significado, es también el que ha sufrido una mayor modificación en su significado.

¿Qué significa hoy para la mayoría?

Para los españoles (aunque algunos se llamen vascos o navarros), es la Navarra foral y española…. O sea, una región española desde tiempos de los romanos que no fue conquistada, sino incorporada, en cumplimiento de su destino: obstinados en resistirse a su destino, estos navarros…. Por supuesto,  nunca se habló vascuence, o se hizo de modo marginal. Hablamos, pues, de una completa sustitución del significado (denotación + connotación) del término, por mucho que se mantenga la literalidad del sustantivo, hasta hacerle significar lo contrario de lo que significaba en origen. No obstante, ésta es aún la concepción mayoritaria en la Alta Navarra y buena parte de los “territorios vascos”, y prácticamente la única fuera de estos territorios…

La Navarra "Foral" y "Española" (Iturria: Twitter)

La Navarra “Foral” y “Española”
(Iturria: Twitter)

En cuanto al ámbito nacionalista vasco/abertzale, en su mayoría, la considera uno de los territorios vascos. Dichos territorios definen al pueblo vasco y no al revés –de arriba hacia abajo-, son como hoy los conocemos desde tiempo inmemorial, no está nada claro desde qué año están en Francia y España (hagan la prueba de preguntar….), y son consecuencia del autogobierno.

No se toma, en general, en consideración que, como todos los pueblos del mundo, el pueblo vasco/navarro ha tenido diversas territorialidades -tanto en lo cultural como en sus expresiones políticas-, que los territorios surgen por iniciativa real castellana -sobre la base de unas comarcas preexistentes, pero modificando su organización territorial e institucional- a finales de la Edad Media para organizar unas tierras previamente conquistadas al Reino de Navarra, y que la actual Navarra es sólo la última parte conquistada al Sur del Pirineo. El hecho de que el Estado navarro no fuera un Estado-nación al estilo de los siglos XIX-XX (modelo que, paradójicamente, se reprocha a España y Francia) hace que, en general, se considere al Reino de Navarra como un ente ajeno a Euskal Herria o Euskadi, o, al menos, de poca importancia. Tal cosa no pasa, por ejemplo, en Hungría o Polonia, donde mantienen una conciencia de continuidad histórica

¿Consecuencias (entre muchas otras)?

En general (toda generalización acarrea injusticias…) no existen ni la noción ni el conocimiento de haber perdido la independencia por un proceso continuado de conquista. Tampoco hay conciencia de que los territorios históricos son más modernos de lo que se piensa -todo depende de dónde eches a andar la Historia…- y de que no nacen en un contexto de independencia, sino de control social y territorial (por mucho que, ciertamente, en algunos momentos han servido, como únicas instituciones existentes, para canalizar las reivindicaciones anti-centralistas).

A un pueblo al que le acaban de arrebatar su independencia, no hay que explicarle por qué tiene que volver a ser independiente; al que olvida la independencia perdida, en cambio, hay que convencerle de lo evidente. Y un pueblo que hace de su fragmentación parte de su identidad, y no un elemento circunstancial, está adoptando una actitud suicida. Todo ello pasa por hacerle olvidar su plena realidad política.

¿Es ésta una concepción propia, o una concepción a medida del ocupante? Lo que vemos en el espejo, ¿es nuestra imagen, o una deformación de nuestra imagen que otros han diseñado?

2) Euskal Herria

Ya hemos hablado con anterioridad sobre este concepto.

Desde luego que, para los españolistas, sencillamente es un concepto que no existe, ni lo pueden entender. Aparte de la lógica predisposición negativa, para alguien cuyo idioma sólo admite una concepción objetiva de la identidad, es absolutamente imposible entender una concepción subjetiva de la identidad, según hemos explicado: aunque puedan tener buena voluntad, carecen de las herramientas conceptuales para poder entenderlo.

Por su parte, en la actualidad, si preguntamos qué es a quienes se definen como nacionalistas vascos o abertzales, en su mayoría, lo harán con tres rasgos:

territorio (vs pueblo o colectividad definida por ciertos rasgos)

– ese territorio es un mapa en concreto -el Zazpiak Bat- (vs visión dinámica de la territorialidad)

– ese territorio es, a su vez, una suma de territorios (vs territorios resultado de la fragmentación)

Es esta una concepción manifiestamente objetiva de la identidad (el territorio califica a las personas), diferente de la forma tradicional vasca, subjetiva, de entender la identidad.

¿Por qué? Hay que entender que el concepto de Euskal Herria ha cambiado su significado, y que lo ha hecho hasta hace bien pocos años. Muchos de quienes lean estas líneas y tengan una cierta edad recordarán que durante el franquismo y la Transición española el término con más carga política era Euskadi o Euzkadi (entonces se decía Euzkadi Norte; y E.T.A. significa “Euzkadi ta Askatasuna”, no “Euskal Herria ta Askatasuna”): Euskal Herria tenía entonces una menor connotación política que hoy. Cuando el PNV asoció Euskadi a la C.A.V., la Izquierda Abertzale pasó a identificarse con la Denominación Euskal Herria, que asumió buena parte de los rasgos que, hasta entonces, había contenido el término Euzkadi o Euskadi, que luego comentaremos.

¿Consecuencias?

Es imposible entender la larga historia política del pueblo vasco, más allá de los últimos 200-300 años (tal vez un poco más), si se entiende que es el Zazpiak Bat (con los 3 rasgos antes mencionados) lo que define históricamente al pueblo vasco, más que la lengua, el derecho o las instituciones jurídicas propias de cada momento. No es raro ver, en libros o televisiones, situar el Zazpiak Bat en pleno Paleolítico… No existía entonces, pero sí que existían los vascos, vascones, o como se les quiera llamar, y como quiera que fueran entonces: Euskal Herria no era ningún ente abstracto y ajeno a las realidades políticas de cada momento, simplemente porque éstas no se expresaran de acuerdo con las concepciones políticas del siglo XIX.

¿Sería así el mapa del 3.000 a.C.? (Iturria: http://eduguridi.webcindario.com)

¿Sería así el mapa del 3.000 a.C.?
(Iturria: http://eduguridi.webcindario.com)

El elemento geográfico y administrativo (los territorios como sujetos políticos) priman sobre los rasgos culturales propios (y no me refiero al mero folklore) y el concepto de colectividad compuesta de individuos libres como expresión del sujeto político. Esta concepción objetiva es un calco del concepto de nación hispano-francés, y otorga pleno derecho de veto al españolismo, pues le basta con no moverse para bloquear cualquier cambio.

¿Es ésta una concepción propia, o una concepción a medida del ocupante? Lo que vemos en el espejo, ¿es nuestra imagen, o una deformación de nuestra imagen que otros han diseñado?

3) Euzkadi/Euskadi

Bien sabido es que este término fue creado a finales del siglo XIX por los hermanos Arana Goiri, como teorización de un proyecto institucional independiente para el pueblo vasco. Como no podía ser de otra manera, echaron mano para ello de los conceptos dominantes en su momento, mayormente provenientes del foralismo, en su versión más extendida en aquel momento: mito de los territorios como Estados vascos independientes, tesis de la ruptura del Pacto al derogar los Fueros, etc… Una manifestación de esa continuidad respecto al foralismo predominante es que, aunque el euskera pasa a ser el principal argumento justificativo de la reivindicación política (hasta su derogación, durante siglos, lo fueron los Fueros), el Zazpiak Bat adoptado no es un  mapa del uso del euskera, sino un mapa de los territorios forales. Ello no le quita legitimidad, simplemente obliga a relativizar las cosas.

Sabino Arana Goiri (Iturria: Wikipedia)

Sabino Arana Goiri
(Iturria: Wikipedia)

No obstante, no se puede negar que aportaron la novedad de hablar claramente de independencia, y de aportar una cierta idea de unidad. Tirando del hilo, podían haber descubierto que esa Euzkadi, ese Estado independiente (insisto, no Estado-nación) nacido de Euskal Herria, del pueblo vasco, ya existió y se llamó Navarra, así como que el orden institucional vigente no era fruto de ningún Pacto, sino de la estrategia franco-española para el paulatino control de los territorios conquistados a Navarra y Vasconia.

¿Es esa la evolución seguida por esa Denominación? Obviamente, no. Hoy Euskadi es la Denominación que identifica, sobre todo, a los seguidores del PNV; y, en casi todos los casos, se utiliza como sinónimo de la C.A.V., una administración creada hace 35 años: el pueblo vasco nació, pues, hace 35 años. No sorprende por ello que los medios de comunicación y partidos españoles utilicen hoy con normalidad este término; no porque estén más cerca de reconocer la plena dimensión política del pueblo vasco, sino porque el significado del término es ya plenamente acorde con el orden constitucional español.

¿Euskal = De Euskadi? (Iturria: www.eitb.eus)

¿Euskal = De Euskadi?
(Iturria: http://www.eitb.eus)

Basta ver cualquier medio de comunicación cercano al PNV -en particular en la información política y económica- para apreciar cómo existe la consigna de repetir hasta la saciedad este término, y hacerlo con este significado. Euskal Herria (cuya única diferencia es el número de provincias del mapa) se reserva para el tiempo y el folklore, y Nabarra, obviamente, no existe. Una muestra: el 07/03/2012, en las cabeceras del Grupo Noticias se informaba sobre una investigación de la documentación relativa a los vascos en los Archivos Vaticanos entre los siglos XIII y XV, indicando que permitía “reconstruir así una época en la Historia de Euskadi sobre la que la documentación escrita brilla por su ausencia”. ¿O sea que en el siglo XV ya existía “Euskadi”? ¿En qué quedamos?

¿Es ésta una concepción propia, o una concepción a medida del ocupante? Lo que vemos en el espejo, ¿es nuestra imagen, o una deformación de nuestra imagen que otros han diseñado?

Aquí lo dejamos. El mismo análisis se podría hacer con conceptos como foralismo (¿competencias de gestión de las Diputaciones, o expresión de la legalidad propia y la soberanía del pueblo vasco/navarro?), pactismo (¿incorporación de los territorios vascos a España mediante un presunto pacto, o forma de entender la relación entre el monarca y el pueblo como sujeto político cuando en otros sitios primaban las monarquías absolutas?), y muchos otros conceptos. Pero eso ya lo dejamos para la libre reflexión de cada cual.

Iturria: Europa Press

Iturria: Europa Press

4.4- Conclusiones

Como ya comentábamos con anterioridad, todas las argumentaciones contenidas en el punto anterior son completamente discutibles. Pero lo que no parece muy discutible es que, más allá de con qué Denominación se identifique cada uno, todas ellas han seguido una evolución histórica en el sentido de sustituir su significado original por contenidos provenientes, de una u otra manera, de la cultura política de los reinos (luego Estados-nación) dominantes, actualmente España y Francia.

En consecuencia, diferentes Denominaciones que, en su esencia y en su origen, se referían a una misma realidad, han acabado generando realidades diferentes y difícilmente compatibles. Y es que, como decíamos en la parte I de este escrito, la alteración del lenguaje acaba generando una alteración de la realidad social; en este caso una fragmentación de la propia identidad, de la propia imagen, y una profunda pérdida de autoconfianza. Como muestra, la reiterada alusión a términos como “reconocimiento (de)”, “reivindicar/defender (ante)” o “pedir (a)”: en todas ellas se trata de conseguir algo de un tercero, y brilla por su ausencia la concepción del pueblo vasco/navarro -como quiera que lo definamos- como sujeto político, fuente de su propia legitimidad.

Poco importa qué Denominaciones podamos elegir, mientras no superemos esta endeblez conceptual. Es sobre todos estos conceptos apriorísticos sobre los que descansan el debate político, las propuestas políticas y las estrategias: son los cimientos sobre los que se construye el futuro. Y mientras los cimientos conceptuales sean tan frágiles, es muy difícil construir proyectos políticos sólidos que permitan no ya el pleno desarrollo, sino la mera supervivencia de nuestro pueblo.

Siento no plantear una tesis más cerrada y definitiva, o una “solución mágica”… Pero es que, como cualquier científico sabe, la clave principal en la resolución de un problema radica en el correcto planteamiento de su enunciado: es decir, en responder a las preguntas adecuadas, y presentarlas en la manera adecuada. Y son muchas las preguntas que debemos hacernos, antes que encerrarnos, por comodidad o por inercia, en el dogma.

– Iñigo Larramendi –

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