La “Conexión Siciliana” de Navarra (I)

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¿Quién se esconderá bajo esta tumba…? (Iturria: Wikipedia)

Debo antes que nada aclararte, querido lector o lectora, que, al contrario de lo que probablemente hayas pensado en un primer momento, no vamos a hablar aquí de la “Cosa Nostra” siciliana, ni de ajustes de cuentas y desfalcos varios -tan de actualidad en nuestros días-, ni de ningún sucio asunto de la señora Barcina y sus mariachis. Seguramente cualquiera de estos temas sería mucho más divertido, pero qué le vamos a hacer….

Con mucha más humildad, vamos a comprobar, con un ejemplo concreto, cómo muchas veces, cuando viajamos a miles de kilómetros de distancia de nuestra casa, de la manera más insospechada, podemos tropezarnos con partes significativas de nuestra Historia cuya misma existencia desconocíamos.

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Catedral de Monreale, en Palermo – Sicilia – (Iturria: Wikipedia)

Así, es probable que algunos/as de quienes leáis estas líneas hayáis estado alguna vez en Sicilia. Y quienes así lo hayáis hecho, muy probablemente, habréis visitado en Palermo -la capital y ciudad más poblada de la isla- su catedral de Monreale, expresión cumbre del estilo “árabe-normando”, característico de Sicilia y Patrimonio Cultural de la Humanidad según la UNESCO desde 2015.

Lo que seguramente la mayoría no conoceréis -mis disculpas a quien ya esté al corriente del asunto- es que dicha catedral tiene una estrecha relación con Navarra, y que en la misma se encuentran los restos de una destacada personalidad de la monarquía navarra, cuyo conocimiento nos conecta con un periodo especialmente delicado para el “Reyno”.

Mas, como todo buen viajero sabe, el objetivo del viaje no es llegar al destino: el mismo viaje es el objetivo. Comencemos, pues, por el comienzo…

  1. Un momento crucial: la “Restauración” (1135)

Para ello, debemos remontarnos muy atrás en el tiempo, allá por el año 1135. El reino de Pamplona, que desde 1076 comparte rey con Aragón -merced al asesinato del rey Sancho Garcés IV “el de Peñalen”, el posterior ataque de Castilla, y la adjudicación de la corona al rey aragonés- recupera su independencia. Y lo hace en un contexto nada sencillo:

– por un lado, en contra del criterio de El Vaticano (inmerso en el proceso de afianzamiento de su autoridad sobre el Emperador y, por extensión, sobre el resto de Reinos, según los principios del Dictatus Papae (1), al no aceptar el testamento de Alfonso I “el Batallador” que entregaba los reinos de Aragón y Pamplona a las Órdenes Militares, las cuales únicamente rendían cuentas ante el Papa;

– por otro, haciendo frente a una poderosa Castilla, que ataca de inmediato todo el flanco meridional del Reino, arrebatándole la Extremadura soriana, la Bureba y La Rioja, mientras toma Zaragoza.

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García Ramírez, “el Restaurador” (Iturria: Wikipedia)

La representación institucional del Reino, liderada -según la “Crónica de San Juan de la Peña” de 1342- por el obispo de Pamplona Sancho de Larrosa, el conde Ladrón -señor de Bizkaia, Gipuzkoa y Araba-, Guillermo Aznárez de Oteiza y Jimeno Aznárez de Torres (2) decide entregar la Corona a García Ramírez, biznieto por rama bastarda de García Sánchez III “el de Nájera” y señor-tenente de Monzón.

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2. El linaje de García Ramírez “el Restaurador”

Una vez marcado este hito, y para poder comprenderlo mejor, merece la pena echar un vistazo al linaje del cual derivaba el nuevo Rey. Ello nos va a permitir entender mejor la realidad de aquel tiempo, así como explicar acontecimientos que marcaron la realidad posterior del Reino, y cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días, como veremos.

2.1- Sancho Garcés (abuelo de García Ramírez)

Su abuelo, Sancho Garcés, fue hijo bastardo de García Sánchez III “el de Nájera” poco antes de que éste contrajera matrimonio: desconocemos el nombre de la madre. No obstante, aquel aparece con normalidad en la Corte de su hermano Sancho Garcés IV “el de Peñalén”, y parece que ejerció como tenente en fortalezas importantes, especialmente Sangüesa y Uncastillo.

A partir del asesinato del de Peñalén (1076), en cambio, parece desaparecer del Reyno, y fallece apenas 7 años después (en 1083) al servicio de su primo Alfonso VI de León y Castilla, hijo de Fernando I: ¿Sería cómplice en el asesinato? ¿Huiría por miedo a ser también víctima de los asesinos de su hermano? ¿Sería desplazado de su puesto por los nuevos gobernantes aragoneses, teniendo que acogerse a la protección de su primo? No sería sencillo para alguien ya maduro y, probablemente, con uno (o varios) hijos de corta edad tomar tal decisión…

El episodio en que fallece Sancho Garcés (“la traición de Rueda de Jalón”) nos da información sobre el papel jugado en Castilla por los miembros de la derrocada familia real pamplonesa, y nos conecta con un personaje que marcará los próximos años del linaje: Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid”.

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Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid Campeador” (Iturria: Flickr)

2.2- La “traición de Rueda” (1083)

En el año 1080 “El Cid” -por cuestiones que aquí no vienen al caso- fue desterrado por el que hasta entonces había sido su rey, Alfonso VI de León y Castilla. Tras ver rechazados sus servicios por los condes de Barcelona, el de Vivar se puso al servicio del anciano rey musulmán de la poderosa taifa de Zaragoza, Al-Muqtadir (a la sazón, impulsor de la construcción del Palacio de la Alfajería). Éste falleció al año siguiente, y, como consecuencia, se generó una grave división interna en la taifa: por un lado, Al-Mutaman, hijo mayor y heredero del rey fallecido; y, por otro lado, Al-Muzaffar, hermano del fallecido. “El Cid” quedó al servicio del primero.

El motivo de la discordia era el gobierno de Lleida, entonces integrada en la taifa zaragozana. Al-Muzaffar había gobernado allí “en rebeldía” durante 30 años, pero 3 años antes había sido derrotado y apresado por su hermano Al-Muqtadir. Al morir éste, Al-Muzaffar se escapó, y volvió a hacerse con el poder en Lleida, desafiando así el testamento de su hermano Al-Muqtadir, quien había designado señor de la taifa ilerdense a su hijo Al-Mundir (hermano, pues, del nuevo soberano en Zaragoza, Al-Mutaman, a quien servía “El Cid”).

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La Taifa de Zaragoza en 1080 (Iturria: Wikipedia)

En 1082, Al-Mutaman y “El Cid” atacaron Lleida con dureza, capturaron a Al-Muzaffar, y, para que no volviera a crear problemas, lo llevaron al otro extremo de la taifa, a Rueda de Jalón, a unos 20 kilómetros al Oeste de Zaragoza, cuya fortaleza se consideraba inexpugnable. Mientras tanto, la población de Lleida, irritada por el ataque sufrido (y, probablemente, impulsada por un duradero afán de independencia), se rebeló y puso al frente de la rebelión al joven Al-Mundir. Sancho Ramírez de Aragón y Berenguer Ramón II de Barcelona apoyaron el levantamiento y, por lo tanto, Al-Mutaman y “El Cid” tuvieron que volver sobre sus pasos de manera apresurada.

A sus espaldas, el alcaide de la fortaleza de Rueda de Jalón (un tal Albofalac ó Abu-l-Jalac), en diciembre de 1082, se dirigió a Alfonso VI de Castilla (cuya frontera se situaba no muchos kilómetros al Oeste), ofreciéndole el control de la fortaleza si ayudaba a reponer a Al-Muzaffar en el trono de Zaragoza y Lleida: de alguna manera, el prisionero parecía haberse ganado a su guardián. Además, se comprometía a volver a pagarle los tributos que, poco antes, Al-Mutaman había decidido dejar de pagarle; sin duda éste sería el principal de los incentivos…

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Rueda de Jalón, con su fortaleza en lo alto (Iturria: http://www.ruedadelajon.es)

Ni corto ni perezoso, el 6 de enero de 1083 el ejército castellano se presentó a las puertas de la fortaleza. Eso sí, “cautelosamente”, Alfonso VI no se puso al frente de las tropas, sino que colocó en vanguardia, entre otros, a Ramiro de Pamplona -hermano por vía legítima de Sancho Garcés IV “el de Peñalén”-, entre cuyas huestes figuraba Sancho Garcés, hermano suyo por parte de padre.

Lo que los atacantes no sabían es que, mientras tanto, Al-Muzaffar había fallecido; y, para congraciarse con el soberano de Zaragoza, el artero alcaide, tras dejar entrar a la vanguardia del ejército de Alfonso VI, les atacó por sorpresa, causando una escabechina. Y allí quedaron también los dos infantes navarros, entre ellos nuestro Sancho Garcés.

Este episodio ilustra bien cómo, más allá del “relato oficial” sobre la Reconquista, la realidad fue mucho más compleja, siendo más habitual de lo que nos dicen los acuerdos y componendas entre cristianos y musulmanes: en definitiva, era el poder lo que estaba en juego. Por otro lado, cabe preguntarse si el papel de vanguardia otorgado a los navarros sería una muestra de confianza por parte de Alfonso VI o, más bien, una forma de “pasar el marrón” a otros que, por mucho que fueran sus primos, representaban la legitimidad del reíno que en parte había conquistado. Ahí queda la duda….

Lo dejamos aquí por ahora. En la segunda parte, contradiciendo los más elementales principios de la Geometría, demostraremos que el camino más corto entre Pamplona y Sicilia pasa por Tudela y Normandía. Ahí queda eso…

– Iñigo Larramendi –

Notas:

1 Listado de 27 proposiciones que se atribuye al papa Gregorio VII (1073-1085), y que se supone fue escrito en el año 1075 (si bien hay opiniones que ponen en duda tanto la autoría como la datación del escrito). En todo caso, su contenido marcará la actitud del Papado en los siglos posteriores. La proposición XII habla por sí misma: “Que [al Papa] le es lícito deponer a los emperadores” (Quod illi liceat imperatores deponere).

Si hasta entonces, desde Carlomagno, la necesaria relación Imperio-Iglesia había sido más equilibrada, poniendo énfasis en el origen divino de la autoridad de los monarcas, desde este momento el Papa se erige en único representante de Cristo y soberano absoluto, debiendo el poder civil someterse plenamente a dicha autoridad. En la práctica, entre otras cosas, suponía hacer depender la organización eclesiástica (y su patrimonio) directamente del Vaticano, cuando hasta entonces, en buena parte, había estado en manos de los monarcas. El monasterio de Cluny, en la Borgoña francesa, fue un sujeto fundamental para esta política en Francia e Hispania.

El propio Emperador Enrique IV sufrió en sus carnes la ira del Papa con dos excomuniones. Y en ese contexto religioso (aunque sin minusvalorar otros factores políticos) deben entenderse tanto el asesinato de Sancho “el de Peñalén”, como el testamento de Alfonso I “el Batallador”, como las dificultades sufridas por García Ramírez y sus sucesores, o las repoblaciones francas impulsadas por Sancho Ramírez de Aragón y Pamplona. El reino de Aragón, como se ve, fue el principal copartícipe de esta nueva orientación en la península Ibérica durante los años que siguieron.

2     “Historia de la Corona de Aragón (la más antigua de que se tiene noticia) conocida generalmente con el nombre de Crónica de San Juan de la Peña” por Tomás Ximénez de Embún, en su capítulo XX. Ed. Diputación Provincial de Zaragoza, 1875.

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