VASCONIA Y LA FRONTERA ARTIFICIAL DEL PIRINEO (1ª PARTE DE 3)

Las llamadas naciones sin estado lo son porque, a lo largo de su devenir histórico, su territorio ha sido conquistado y anexionado por sus vecinos, hurtándoles de esa manera su carácter estatal. Tal es el caso de lo que conocemos últimamente como Euskal Herria, propiamente la tierra donde se habla el euskara, que a lo largo de su historia ha recibido distintas denominaciones, acuñadas por sus naturales o impuestas por otros. De la misma forma, su territorio ha sufrido una continua merma, a la par que su idioma se veía, cada vez más, restringido a un entorno que los vascos actuales hemos querido entender, en un alarde de autosatisfacción, como núcleo originario.

            La historia de los pueblos sometidos la escriben sus conquistadores, en eso no somos una excepción. Voltaire ya dijo que los vascos eran un pueblo que bailaba en los Pirineos, y nosotros tan contentos. Claudio Sánchez Albornoz afirmó que los vascos eran los únicos españoles sin romanizar, y aquí jolgorio general. Nos convencen de que somos un pueblo indómito, refugiado en sus inaccesibles montañas, libre de contaminaciones foráneas, que conserva sus tradiciones en los remotos caseríos, fuegos de artificio para celebrarlo.

            Hasta hace poco se creía que los llamados pueblos primitivos, por ejemplo los del Amazonas, eran residuos de poblaciones ancestrales que, milagrosamente, habían conservado sus originarios modos de vida. Ahora sabemos que no, que no son más que los tristes residuos de prósperas poblaciones de ricas culturas, arrinconadas en la selva por los conquistadores.

            Nosotros, los vascos, bastante hemos hecho con seguir siendo lo que somos o, al menos, con mantener la ilusión de que salvaguardamos desde el presente ese hilo –haria- que une el pasado con el futuro. Esa es una música que deberíamos cantar con nuestra propia partitura, y no con la que nos escriben otros. Mi intención es que estas líneas sirvan como aportación para esa tarea de reescribir nuestra propia historia. La de un pueblo  con personalidad propia, orgulloso de ser quien es, experto en aprender de los demás y deseoso de convivir en paz con sus vecinos. Un pueblo soberano.

El ámbito geográfico

Cuando, en 1856, el filólogo Luis Luciano Bonaparte se propuso realizar un estudio de la extensión que, por aquel entonces, ocupaba la lengua vasca, efectuó una visita a Antoine d’Abbadie en su casa de Hendaya. Éste le informó acerca de los territorios en los que, en ese momento, habitaban gentes vascoparlantes; es decir, lo que al menos desde el siglo XVI se denominaba propiamente Euskal Herria. Dichos territorios, en aquel momento, eran las Provincia de Gipuzkoa y Álava, el Señorío de Bizkaia, los restos del antiguo Reino de Navarra -convertidos desde 1841 en provincia española, bien que con régimen foral sometido a la llamada Ley Paccionada-, la Baja Navarra -sexta merindad del Reino hasta 1530-, y los territorios de Zuberoa y Lapurdi. Mientras que los cuatro primeros territorios, dentro del Reino de España disfrutaban entonces de un sistema foral como “provincias exentas”, los otros tres formaban parte, junto con el Bearn, del departamento francés de Bajos Pirineos, hoy Pirineos Atlánticos, sin ningún tipo de autonomía. Antoine d’Abbadie fue el promotor del lema “Zazpiak bat” para esos territorios.

Fuente: Wikipedia

            D’Abbadie, al proporcionar a Luis Luciano Bonaparte el mapa de esos territorios, obvió que la lengua vasca había tenido una extensión mucho mayor en el pasado y que ya, en aquel momento, no se hablaba euskera en amplias regiones de ese territorio.

            Sabido es que todo pueblo, para serlo, necesita referenciarse a un territorio. Incluso los pueblos nómadas se adscriben a diferentes territorios que van ocupando estacionalmente. Suele presentarse a este respecto, como ejemplos de pueblos sin territorio, al pueblo judío y al gitano. Nos apuntaremos al conocido axioma de que la excepción justifica la regla, no sin antes señalar la evidencia de que estas dos comunidades han sido, a lo largo de su historia, cuando menos problemáticas, sin que ello signifique culpabilizarlas de nada, sino todo lo contrario.

            En efecto, un pueblo necesita un territorio y ese territorio precisa ser coherente, es decir, tener unos límites definidos de alguna manera, al objeto de evitar conflictos con los pueblos vecinos, sin excluir la posibilidad de mantener territorios de aprovechamiento común entre ellos, sometidos a normas precisas, de lo que tenemos múltiples ejemplos.

            Previamente a describir el territorio ancestral de Vasconia, es preciso recordar el hecho de que las montañas raramente constituyen fronteras, sino que, por el contrario, son lugares de encuentro entre las gentes de sus distintas vertientes. Muchas veces se presentan como esos territorios de aprovechamiento común de los que hablábamos antes. Sin embargo, los ríos, particularmente los más caudalosos, sí se configuran como fronteras. De ahí la importancia que a lo largo de la historia han tenido los vados, habiendo dejado su memoria en la toponimia, como es el caso de Idiazabal/Ibiazabal en el Oria, Bilibio/Ibilibia en el Ebro u Hondarribia en el Bidasoa. Obviamente, es mucho más fácil acceder a un collado en la montaña que construir un puente.

            Hablamos de un territorio coherente, que tiene por eje la cordillera pirenaica, que se extiende desde el cabo Creus al puerto de Angulo, teniendo como extremos oriental y occidental las cabeceras de los ríos Garona y Ebro, que serían  sus límites, aunque en ocasiones los rebasen, como en el Ebro medio y alto. Se trata, a grandes rasgos, de un territorio habitado ya en el paleolítico superior por el núcleo de las poblaciones de la cultura magdaleniense.

Pueblos prerromanos

La ocupación romana del área descrita circuló por caminos diferentes. Al norte de la cordillera fue llevada a cabo por Craso, lugarteniente de Julio César, el año 56 a.C. de manera bastante pacífica, dentro de la campaña de conquista de las Galias. A la parte sur los romanos llegaron con anterioridad, remontando el Ebro desde Tarraco, a donde llegaron el año 217 a.C. en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. En el año 179 a.C. Sempronio Graco fundo Gracurris, la actual Alfaro, sobre la aldea berona de Ilurze. A partir de ahí los romanos fueron colonizando el territorio, también pacíficamente, hasta encontrar fuerte resistencia por parte de los cántabros, en las fuentes del Ebro, en tiempos de Augusto, entre los años 20 y 19 a.C..

            Fruto de estas distintas ocupaciones es la división del territorio de la antigua Vasconia entre las provincias de Aquitania al norte y la tarraconense al sur. Los habitantes de este espacio, que se llamaban a sí mismos eusko, fueron denominados uasci o ausci por los romanos, lo que originó las denominaciones gentilicias uascón/vascón y auskitano o aquitano. Es de resaltar que es en Aquitania donde se encuentran las manifestaciones escritas más antiguas de la lengua vasca o, por mejor decirlo, protovasca.

            La primigenia provincia de Aquitania fue dividida el año 303, en tiempos del emperador Diocleciano, en otras tres, Aquitania Primera, con centro en Augustoritum/Limoges, Aquitania Segunda, con centro en Burdigala/Burdeos y la Novempopulania, la Aquitania propiamente dicha al sur del Garona.

(Fuente: Wikipedia)

            Novempopulania significa Nueve Pueblos. Estos eran los de los Tarbelii, con capital en Akize/Aquae Tarbellicae/Dax, que ocupaban las Landas, el Bearn y lo que llamamos Iparralde; los Auscii, con capital en Elimberrum (Ilunberri)/Euska/Auch, en el actual departamento de Gers; los Bigerrii, con capital en Turba/Tarbes, en Bigorra; los Convenae, con capital en Lugdumum Conenarum/Saint-Bertrand-de-Comminges, en la región de Comminges (Alto Garona); los Consorani, en torno a Saint-Lizier, en la comarca del Couserans (Arièja); los Lactorates, en torno a Lactura/Lectoure, que ocupaban las comarcas de Lomagne, al norte de Gers, y el Agénois; los Elusatii, con capital en Elusa/Eauze, en el Bajo Armagnac; los Vassei o Vocates, con capital en Cossium/Bazas, en el sudeste de la Gironde; los Boii, con capital en Lamothe/Teich, en el País de Bug, en el suroeste de la Gironde. Es decir, todos los territorios al sur y oeste del Garona excepto la ciudad de Burdigala/Burdeos y el Médoc.

            Al sur de la cordillera, en la provinicia Tarraconense, se citan los Vascones propiamente dichos, en la actual Comunidad Foral de Navarra y el este de Gipuzkoa; los Berones, en Rioja; los Bárdulos y los Caristios, en Bizkaia, Gipuzkoa y Álava;  los Autrigones, con capital en Biroveuska/Briviesca en el norte de Burgos, oeste de Bizkaia y Álava y este de Cantabria; los Iaketani, en el Alto Aragón; los Suessetani, en las Cinco Villas de Zaragoza; los Arenosi en el Valle de Aran y los Andosinos en Andorra. Unos y otros, los del sur y los del norte, son los que la antropología considera como grupo étnico pirenaico occidental.

            Todos estos pueblos, citados por los cronistas de la antigüedad, Sertorio, Crispo, Varrón, Plinio, Ptolomeo y Estrabón, pertenecían al primitivo tronco común vascón con influencias más o menos grandes de sus vecinos celtas, experimentando bajo la administración de Roma un proceso aglutinador de cohesión.

(Continuará)

-FERNANDO SÁNCHEZ ARANAZ-

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