SIDI YAHYA AL-TUDELI ( ̴ 1.400-1.470 d.C.), UN SANTO NAVARRO EN TOMBUCTÚ

Vista aerea de Tombuctú (Fuente: http://archnet.org)

Vista aerea de Tombuctú
(Fuente: http://archnet.org)

Cuenta la leyenda…

Érase una vez El-Mokhtar Hamalla, un adinerado comerciante y jeque de Tombuctú -en la actual Malí- que, allá por el año 802 de la Hégira[1], motivado por un piadoso impulso que surgía impetuoso de su interior, decidió erigir una mezquita en esta mítica ciudad, situada en el acceso al fértil valle del río Níger desde el sur del inmenso océano de arena del Sahara.

Situación geográfica de Tombuctú (Fuente: http://lasarenasdecronos.blogspot.com.es)

Situación geográfica de Tombuctú
(Fuente: http://lasarenasdecronos.blogspot.com.es)

Una vez completada la construcción del templo, y ante la extrañeza general, anunció públicamente que cerraría a cal y canto su puerta de entrada. Juró, asimismo, que no la volvería a abrir hasta el día en que entrara en la ciudad, proveniente del desierto (por lo tanto, del norte), un hombre santo al que todos reconocerían en cuanto se presentase, y que sería el primer imam (el responsable de dirigir la oración) de la recién construida mezquita.

Y fueron pasando los días, los meses y los años… y por allí no aparecía nadie. ¿Habría sido acaso un delirio el extraño impulso de aquel comerciante? ¿Quedaría tal vez la mezquita clausurada hasta el final de los días? ¿Moriría el comerciante sin ver hecho realidad su sueño?

En esas estaban cuando, pasados 40 años de la erección de la mezquita, hizo su entrada en la ciudad un hombre de tez clara y semblante sereno que, al pasar frente a la mezquita clausurada, espetó a los hombres que estaban sentados delante de su puerta que él, Sidi Yahya, era el imam tan esperado. Sorprendidos por el suceso -y, especialmente, por el conocimiento por parte del extraño visitante del designio que pesaba sobre la mezquita- acudieron raudos a la presencia del comerciante, ya muy anciano, para referirle lo que les acababa de suceder.

El comerciante, cuya mente aún se mantenía clara, les indicó que las llaves de la mezquita llevaban 40 años enterradas en un lugar oculto, y que sólo en caso de que las encontrara sin decirle nada se podría admitir que el transeúnte era el sabio tan esperado. Mientras tanto, y sin intercambiar palabra alguna con ningún nativo, el viajero comenzó a remover la tierra, no lejos de la mezquita, y encontró las llaves con las que, por fin, abrió las puertas que 40 años atrás habían sido clausuradas.

Para cuando llegaron a la mezquita los hombres que habían avisado al comerciante, el recién llegado -rodeado ahora por una horda de curiosos- ya había entrado a la mezquita, y había empezado a dirigir la oración de una multitud atraída por tan insólita noticia, que voló de boca en boca por toda la ciudad.

Imagen actual de la Mezquita de Sidi Yahya (Fuente: flickr)

Imagen actual de la Mezquita de Sidi Yahya
(Fuente: flickr)

El nuevo imam, primero de la que hoy se conoce como mezquita de Sidi Yahya -una de las tres principales de la ciudad, que está reconocida como Patrimonio de la Humanidad desde 1988-, protagonizó -o, más bien, se le atribuyen- diversos hechos milagrosos y benefactores, por los cuales fue adquiriendo fama de Santo.

Protegido por el gobernador impuesto por los dominadores tuaregs -Muhammad Naddi-, vivió un momento de esplendor de la ciudad, cruce de las rutas comerciales que, atravesando el Sahara desde Europa y el Magreb, se dirigían hacia el valle del Níger y el África negra, y de las rutas que unían Mauritania con el pujante Imperio Songhay, al Oriente de la ciudad aguas abajo del Níger. Tuaregs, shongays, nómadas peulhs (también llamados fulbes, fulas o fulanis), moros, bambaras… amén de comerciantes procedentes de los cuatro puntos cardinales poblaban el que era entonces el mayor emporio comercial de África Occidental.

Según reza un proverbio local, “la sal viene del Norte, el oro viene del Sur, y el dinero de los países de los Blancos, pero la palabra de Dios, las cosas sabias, las historias y los cuentos bonitos solo se encuentran en Tombuctú”.

Tombuctú, cruce de caminos (Fuente: https://africanperspectivesblog.files.wordpress.com)

Tombuctú, cruce de caminos
(Fuente: https://africanperspectivesblog.files.wordpress.com)

Algunas notas sobre Sidi Yahya

Toda esta historia viene a cuento de que, en esa mezcla de realidad y fantasía tan característica de las gentes del desierto, una de las cosas que sí se dan por verídicas es que este importante personaje, Sidi Yahya, procedía de Tudela.

Era, pues, navarro, en el sentido administrativo del término (hoy diríamos ciudadano), como nativo del entonces independiente Reino de Navarra. Por su parte, desde el punto de vista étnico, sería parte de la importante población “mora”, “mudéjar” o “morisca” -en definitiva, musulmanes, fueran de origen nativo o alógeno- que se mantuvo en el valle del Ebro tras su conquista por Alfonso I “el Batallador” alrededor de 1120, hasta que tras la conquista de 1512 Fernando “el Católico” extendió al reino conquistado su edicto de 12 de febrero de 1502, que obligaba a los moriscos a elegir entre el bautismo y el destierro. Esta imposición supuso la práctica desaparición de las comunidades musulmanas en Navarra.

Maqueta de la Mezquita Mayor de Tudela (fuente: www.navarra.es)

Maqueta de la Mezquita Mayor de Tudela
(Fuente: http://www.navarra.es)

Poco más es lo que sabemos, en realidad, del pasado de este personaje, Sidi Yahya[2], así como de qué es lo que le llevó a tantos kilómetros de distancia de su Tudela natal. Puede estar relacionado con un empeoramiento general de la situación de los musulmanes navarros desde finales del siglo XIV[3], pero no tenemos pruebas de ello. En todo caso, sabemos que fue comerciante, poeta y maestro -es habitual que las mezquitas sean también madrasas, escuelas coránicas- llegando a ser muy querido y admirado en la ciudad. Murió alrededor de 1470, en vísperas, o poco después, de la conquista de Tombuctú por el rey shongay Sunni Alí que puso punto final a varias décadas de esplendor en la ciudad. No obstante, ésta se recuperó y vivió su “Edad de Oro” durante el siglo XVI.

Hoy, pasados más de 500 años desde su muerte, sigue siendo el más querido de los santos locales, y muchas de las tradiciones de la ciudad giran alrededor de su figura. Así, todos los recién casados deben rezar ante su tumba, el juramento sobre el Corán en los casos judiciales más complicados se hace ante su tumba, se le reza en años de sequía, y su nombre se invoca ante cualquier viaje o labor que suponga asumir riesgos importantes.

La mezquita de Sidi Yahya

La mezquita construida por aquel comerciante, aunque con muchas reformas, sigue existiendo hoy en día en Tombuctú. Junto con las mezquitas de Djingareyber (construida por un arquitecto granadino) y Sankore conforma la Universidad de Tombuctú -una de las más antiguas del mundo-, y son los 3 principales puntos de interés arquitectónico e histórico de la ciudad. Alberga, asimismo, los mausoleos de Sidi Yahya y de Muhammad Naddi, el gobernador que le protegió.

Djingareyber

Mezquita de Djingareyber (s.XIV) (Fuente: http://www.africafundacion.org)

Una de las puertas de la mezquita, según creencia popular, sólo se abriría el día del fin del mundo…. pero, en esta ocasión, la profecía no se cumplió: y es que los tiempos modernos son poco propicios para la mística y la fe. A finales de junio de 2012, el grupo integrista Ansar Dine, al que se relaciona con Al-Qaeda, ocupó Tombuctú y, entre otras fechorías[4], atacó 16 mausoleos de la ciudad, por considerarlos idólatras “al adorar a santos, y no a Dios”[5]. Uno de ellos, cómo no, fue el de Sidi Yahya: derribaron la puerta y ocasionaron otros daños en la mezquita, aunque no llegaron a destruirla.

Imagen del ataque contra la mezquita de Sidi Yahya (Fuente: www.rtve.es)

Imagen del ataque contra la mezquita de Sidi Yahya
(Fuente: http://www.rtve.es)

La ciudad fue recuperada 9 meses después por el Ejército de Malí, con ayuda de tropas francesas, y la mezquita ha sido restaurada, dentro de un plan integral de restauración que se completó en octubre de 2015[6]. La situación política en la zona, sin embargo, sigue siendo tremendamente inestable.

No es posible, por ahora, una actividad turística normalizada en la ciudad. Pero, cuando ese momento llegue, tenemos, sin duda, un aliciente para visitar Tombuctú. Eso sí: si alguno de nuestros apreciados lectores/as lo hace…. por favor, que no intente, inspirado/a por el entusiasmo de aquel comerciante, abrir nuevamente la puerta de la mezquita de Sidi Yahya, el Tudelano. El fin del mundo aún puede esperar….

-Iñigo Larramendi-

NOTAS:

[1] Año 1400 d.C. según el calendario Gregoriano.

[2]Sidi” no es en realidad un nombre, sino un apelativo de respeto que viene a significar “Mi Señor”. En general, en lengua árabe el uso del posesivo al apelar a una persona sirve para indicar respeto, admiración o amor, siendo, por ejemplo, un recurso muy habitual en la poesía romántica. Esta expresión, Sidi, es el origen del término “mío Cid”, aplicado al Cantar inspirado en la vida de Rodrigo Díaz de Vivar. Por su parte, Yahya sí es un nombre propio, y se suele traducir como Juan.

[3] “Los mudéjares navarros y la justicia regia: cuestiones penales y peculiaridades delictivas en el siglo XIV” Félix Segura Urra, 2003. Anaquel de Estudios Árabes de la Universidad Complutense de Madrid, vol. 14.

[4] Especialmente graves fueron los ataques a bibliotecas de valor incalculable, si bien la mayoría de las mismas pudieron salvarse gracias al arrojo de numerosos intelectuales locales, que escondieron los libros o los sacaron del país antes de los ataques. Destaca entre ellos Ismael Diadié, quien logró salvar la valiosísima Biblioteca Andalusí basada en el Fondo Kati, de más de 7.000 ejemplares. Esta biblioteca se remonta a Alí ben Ziyad al-Quti, descendiente de la familia real visigoda (al-Quti o al-Kati significa “godo”) que huyó de Toledo a Tombuctú en 1468, debido al conflicto que estalló entre conversos y “cristianos viejos”. Esta familia remontaba sus orígenes a Witiza (685-710 d.C.) -rival del último rey visigodo, Rodrigo o Roderico-, cuya facción promovió la entrada de tropas musulmanas en la Península Ibérica en el 711, en el contexto de las luchas dinásticas visigodas. En los siglos siguientes, numerosos musulmanes andalusíes, expulsados de sus lugares de origen, fueron estableciéndose en Tombuctú. Como vemos, pues, la relación entre Tombuctú y Al-Andalus fue larga y profunda, pese a la distancia entre ambos lugares.

[5] Hay que tener en cuenta que la versión local del islam obedece a la tradición sufí, notoriamente más espiritual y tolerante que otras ramas del Islam.

[6] http://elpais.com/elpais/2016/02/02/eps/1454409487_186712.html

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