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¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

“Nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”

“And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee…”

-John Donne 1624-

 

Hay un dicho popular que afirma: “No se pueden poner puertas al campo” …. pero, en un país que fue capaz de aprobar un impuesto al sol, cualquier cosa es posible…

No se sabe bien cómo afecta el repicar de campanas en el proceso reproductor del nacional-catolicismo, una especie en expansión. Según parece, igual que la plata, que es letal para los licántropos, o el sol para los vampiros, el tañer de campanas evita que esta especie, alógena en el agro vasco, se reproduzca.

Pese a tratarse de una especie de escaso valor social, hay un verdadero interés, a nivel estatal, por preservarla y promocionarla. A tal punto que se están creando leyes para su protección, no vaya a ser que desaparezca…

Hacer doblar las campanas, a varios kilómetros de distancia de esta especie tan sensible, hará que los encargados de la protección de la fauna silvestre nacional detengan al campanero, y lo lleven al centro de reeducación erigido para tal fin, más conocido como “Villa Barrote”.

Ese pueblo que cantaba y bailaba a ambos lados del Pirineo -ya lo dijo Voltaire-, para no molestar a esta especie foránea, deberá callar y mutar su voz.

Ya lo dice el viejo adagio: “De fuera vendrán, que de casa te echarán”.

-ASIER FDEZ. DE TRUCHUELO-

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El “otro” genocidio y la torpe política

En términos generales, la opinión pública acostumbra a manejar una idea reduccionista sobre lo que supone la noción de genocidio. Ya no sólo por el hecho de que, habitualmente, se piense meramente en genocidios recientes y se obvien – contribuyendo a su olvido – otros genocidios más lejanos en el tiempo que podrían ser considerados incluso más graves que los contemporáneos. Además, cabe pensar en aquellos genocidios concienzudamente planificados no contra la pervivencia física de una etnia, comunidad humana o sociedad, sino contra la continuidad en el tiempo de una cultura ligada a dicho grupo.

El caso del euskara, nuestra lingua navarrorum, es particularmente emblemático. El – afortunadamente – no culminado genocidio contra tan preciado tesoro lingüístico y humano ha sido y sigue siendo práctica habitual por parte de los gobiernos de España y Francia. Prueba de ello es el sobrecogedor testimonio recopilado por Joxemari Torrealdai en su aplaudida obra El libro negro del euskara, que recoge evidencias claras del modo en que la lengua vasca ha sido arrinconada con premeditación y alevosía desde hace siglos tanto en suelo francés como bajo bandera española.

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Himnos, silbidos y nacionalismo banal

Los teóricos sociales pensaban que esta era de globalización causaría un proceso de rápida desintegración del mundo de los Estados-nación lo que implicaría cambios, no sólo estructurales y económicos, también psicológicos. Estos últimos comportarían una conciencia postmoderna basada en un sentimiento de identidades múltiples que sustituiría a las identidades fijas del mundo moderno. Pero la realidad es que, en el mundo actual, el Estado-nación sigue siendo la forma predominante de organización política, la cual viene acompañada de la extendida aceptación de los supuestos del nacionalismo. Tales supuestos se basan en que las naciones son hechos naturales que han diferenciado a la humanidad en comunidades culturales distintas, cada cual con su propio hábitat territorial y capacidad para gobernarse. Entonces, ¿a qué se debe esta “resiliencia” del Estado-nación?

Michael Billig (Irudia: http://www.taosinstitute.net)

Michael Billig, prestigioso catedrático británico de ciencias sociales, acuñó el término “nacionalismo banal” para referirse al discurso nacionalista implícito y que, por tanto, no se ve. Dicho de otro modo: se trataría de un discurso que se percibe como normal, como natural y que, por tanto, no se muestra como nacionalista. Billig publicó en 1995 el libro “Nacionalismo banal” donde muestra fehacientemente cómo en las democracias occidentales más consolidadas opera un nacionalismo oculto, dedicado a recordar continuamente a los ciudadanos cuál es su nación. Bajo esa etiqueta subyace un conjunto de símbolos, hábitos y discursos que de manera cotidiana, mecánica y rutinaria difunde y mantiene cualquier Estado constituido para reforzar la conciencia nacional. Se trataría, pues, de un nacionalismo difuso que no emplea exaltaciones inflamadas de la propia identidad, sino mecanismos de la cotidianidad, como la bandera que cuelga en la entrada de un edificio oficial, el mapa del tiempo, las matrículas de los coches, los símbolos o rostros grabados en las monedas, las noticias y su clasificación en nacionales-internacionales, las series televisivas, los principales acontecimientos deportivos o el vocabulario empleado rutinariamente por medios de comunicación, políticos y personajes públicos en general….

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