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¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

“Nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”

“And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee…”

-John Donne 1624-

 

Hay un dicho popular que afirma: “No se pueden poner puertas al campo” …. pero, en un país que fue capaz de aprobar un impuesto al sol, cualquier cosa es posible…

No se sabe bien cómo afecta el repicar de campanas en el proceso reproductor del nacional-catolicismo, una especie en expansión. Según parece, igual que la plata, que es letal para los licántropos, o el sol para los vampiros, el tañer de campanas evita que esta especie, alógena en el agro vasco, se reproduzca.

Pese a tratarse de una especie de escaso valor social, hay un verdadero interés, a nivel estatal, por preservarla y promocionarla. A tal punto que se están creando leyes para su protección, no vaya a ser que desaparezca…

Hacer doblar las campanas, a varios kilómetros de distancia de esta especie tan sensible, hará que los encargados de la protección de la fauna silvestre nacional detengan al campanero, y lo lleven al centro de reeducación erigido para tal fin, más conocido como “Villa Barrote”.

Ese pueblo que cantaba y bailaba a ambos lados del Pirineo -ya lo dijo Voltaire-, para no molestar a esta especie foránea, deberá callar y mutar su voz.

Ya lo dice el viejo adagio: “De fuera vendrán, que de casa te echarán”.

-ASIER FDEZ. DE TRUCHUELO-

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Notas sobre una moción

Reproducimos a continuación la breve crónica que uno de nuestros socios ha redactado a propósito de la reciente presentación de una moción que lleve al Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz a dedicar el nombre de una calle o plaza a quien fuera Tenente de la ciudad en 1199-1200, Martin Ttipia.

Lo primero que me llamó la atención de aquel Salón de Plenos fue su estrechez; el poco espacio que los concejales tenían entre sí y entre la madera noble y sus piernas, lo cual me lleva a pensar y comparar su estrechez de miras con el propio espacio que ocupan; y llegar a la conclusión de que la culpa de que aquello que el pueblo llano pide y casi nunca se cumple, en realidad, es producto del constreñimiento físico, aparte del mental. No obstante, el imperioso Alcalde ocupando su espacio amplio y majestuoso me dio la misma impresión que me producían los jueces orondos de la Audiencia Nacional; con su gesto prepotente y altivo y su seriedad pétrea cual estatua silente, me produjo la sensación de que en cualquier momento de su boca saldrían las crueles palabras: “os perdono la vida”.

Irakurtzen jarraitu